.A todas las personas que amé.



El señor del bigote y la mujer de las pestañas azules

Ellos fueron los primeros rostros que vieron mis ojos. El Sol y la Luna que me observaban atentos desde el cielo de mi cuna. Se sintieron orgullosos de mí antes de saber pronunciar mi propio nombre y nunca estuve seguro de ser merecedor de semejante sentimiento. Fueron la personificación del equilibrio en mi vida. Ellos fueron el cuerpo y el alma del cariño de un beso en una frente ardiendo por la fiebre. Del tono grave de una voz impartiendo un consejo sabio. De la mirada profunda en unos ojos que saben cuando mientes, y cuando sufres. De unas manos fuertes que te elevan por los aires y te aúpan en las cabalgatas de reyes. De unos labios pintados que soplan con cariño en una herida que se está curando con agua oxigenada. De un papel con la misma frase copiada cien veces, que te incita a no cometer la misma travesura una segunda vez.  Ellos son los primeros y mejores maestros que jamás tendré en las materias más importantes de la vida. Siempre han sido y siempre serán el escudo de afecto con el que me protegeré de las agresiones del desprecio; y la espada del deber con la que me abriré camino por la vida. Les debo la vida en su conjunto. Y jamás podré agradecérselo lo suficiente.  

Ellos son el principio de todo, el prologo de la historia más grande que jamás viviré, la primera y mejor relación que podré atesorar hasta el fin de mis dias.

Viviré una vida que os haga sentir orgullosos.

La chica de los pantalones de tiras

Ella fue mi primera compañera y amiga. Con quien más he jugado y discutido, con diferencia. Ella fue la brújula que marcó el norte en mi crecimiento. Abrió una ruta a través de la espesa jungla de la niñez y la adolescencia sin perderse en el camino, y siguiendo sus pasos, mi travesía fue mucho más llevadera. A menudo me asusta pensar dónde habría acabado yo, de no haber seguido su recto sendero. Cuando la miraba siempre pensaba que si me esforzaba, podría llegar a su altura. A su determinación. Su fuerza. Su coraje. Su aplomo.
Ella siempre ha sido el faro que ha guiado mis movimientos en la oscura tempestad del mar de la vida. Su forma de hacer las cosas siempre me demostraba que había un camino mejor, más rápido y más efectivo para alcanzar las metas. Con su ejemplo me enseñó a no rendirme jamás, a no temer al desanimo, a ser consciente de que si crees en tu causa, alcanzarás tu objetivo.
No importa cuánto discutiéramos, ella siempre estaba ahí para defenderme, para sacarme las castañas del fuego, para arrancarme una sonrisa o para ahuyentar a los fantasmas del pasado.

Ella es mi heroína personal sin marca en el cielo. Mi salvadora sin súper poderes.
Mi amiga.
Mi hermana.

Nunca me sentiré solo sabiendo que te tengo a ti.
 

 

El chico alto, el chico soñador, y el chico que siempre estuvo ahí.

Mis mosqueteros. Ellos fueron los Atos, Portos y Aramis de este D'artagnan de frágil carne y hueso. 

Mis aprendices y mis maestros. Crecí y viví con ellos. Ellos fueron risas en el patio del colegio, con bocatas y bolis en lugar de espadas. Fueron grata compañía dentro y fuera de las aulas. Infinitas conversaciones que ahuyentaron las sombras de la soledad y del complejo. Fueron bocas que compartieron historias y cervezas. Fueron hombros que recogieron amargas lágrimas en duros momentos. Fueron manos llenas de vitalidad que me levantaron tras caer. Fueron ojos amables que se alegraban cuando me miraban después de mucho tiempo sin vernos.
Compañeros, camaradas, amigos. Tres benditos tesoros, cada uno más botarate que el anterior, y yo el más botarate de todos.

El chico alto, con su personal locura, con voz grave y de mirada profunda. Tras sus escandalosas voces y sus improperios siempre se deja entrever una sabiduría de la que siempre se puede aprender algo. Una voz de coherencia y razón, algo estridente de vez en cuando. Una forma pragmática y útil de ver y afrontar la vida. 

Él es el espíritu del Honor metido en el cuerpo de un jugador de baloncesto.

El chico soñador, quizá con el que más conversaciones he tenido. Un alma de luz pura que se hizo carne y vivió para hacer feliz a los demás. Juntos, miramos las estrellas y dejamos vagar la mente, soñando siempre con un futuro hermoso. Mi poeta, mi dramaturgo. Mi súper héroe personal. Siempre raudo para acudir con su coche y llevarme a dar una vuelta cuando la vida gastaba más putadas de las que podía soportar. Siempre él. Siempre ahí. Sin pedir nada a cambio.   

Él es el Bien supremo, que decidió personificarse y convertirse en actor.

El chico que siempre estuvo ahí, mi mayor, mejor, y más leal compañero. Éramos niños que jugando a ser mayores, nos convertimos en hombres sin darnos cuenta.  Los dos juntos fuimos miles de proyectos e ilusiones. Viajes en bus para jugar al billar en el Saler. Intentos de break dance en la plaza de la iglesia. Visita obligada al Druni para echarnos colonia. Cientos de miles de detalles que hicieron de mi vida un lugar mejor.  

Él es la Amistad más sincera y profunda,  un abrazo suyo reconforta incluso en la más oscura de las noches.

Gracias a los tres, simplemente por existir.

El hermano que no es de sangre

Él no estaba al principio. Pero jamás importó. Cuando llegó con la chica de los pantalones de tiras, fue como reencontrarse con un hermano de otra vida.
Él siempre estuvo dispuesto a hacerme un hueco en su casa, en su coche, en su vida. Siempre una palabra amable y un ofrecimiento generoso. Un comentario ingenioso que hacía nacer la risa más sincera en mi pecho.
Miles de horas jugando y riendo con él eran el mejor antídoto contra el veneno de la soledad. Los años que transcurrían a su lado se convirtieron en pequeños tesoros convertidos en anécdotas que podían caldear un invierno en el corazón. Hamburguesas a las 3 de la madrugada. Canciones en falsete y ataques de risa. Millones de zambullidas en la piscina. Sangría con chucherías. Misiones y mazmorras. Cientos de viajes en coche con música cañera y las mejores risas que jamás experimenté.

Él es el amor fraternal puro, forjado con un hermano que no es de sangre.

Me siento afortunado de que aparecieras en mi vida.

La chica del patio a oscuras

Ella fue mi primer amor. La llama que ardió en mi pecho por ella fue tan intensa que habría llevado un verano eterno a mil mundos. Ella fue la primera que me regaló su cariño, su ternura y su pasión como mujer y yo a cambio me entregué a ella por completo. Mi carne, mi vida y mi alma habrían sido suyas con solo pedirlo.
Jamás olvidaré sus ojos, ni su pelo, ni sus labios. Hasta que se apague mi último aliento recordaré los besos que nos dábamos en el patio de su casa, cuando la luna brillaba en el cielo.  Éramos dos furtivos amantes que se robaban caricias el uno al otro. Éramos delincuentes silenciosos cuyo delito quedaba grabado en la piel del otro con la humedad de un beso. En la oscuridad de la noche, con los tiernos abrazos que nos ofrecíamos  la vida era magia y erotismo mezclados con el miedo a ser descubiertos. Yo vivía en sus labios y en su lengua; y moría en cada uno de los suspiros que ella exhalaba lejos de mí. Fue el primer amor perfecto para un niño que aún creía en los finales felices.

Ella es el recuerdo de la inocencia y el despertar de la sexualidad en perfecta armonía.

Siempre tendrás un lugar privilegiado en mi corazón hasta el fin de mis días.

 La chica de la estación

Ella fue la estrella fugaz de mi vida. Llegó a mí sin que yo lo esperara, me fascinó y me enamoró con una belleza cegadora y perfecta, y se marchó sin que estuviera preparado para despedirme. Aún la veo en la puerta de la estación de trenes, esperándome.
Recuerdo lo hermosa que podía estar con unos sencillos vaqueros y una chaqueta, con aquellos ojos despiertos mirándome con ilusión. Recuerdo su flequillo rubio decorando su cara con una perfección casi irreal. Recuerdo su olor con una precisión que hiere el alma.
Y sobre todo recuerdo nuestro primer beso. Aquel beso me marcó para siempre. Dos bocas que se juntaban despacio, con anhelo pero sin prisa.  La silueta de su espalda a través de la ropa.  El latido de mi corazón desbocado en mi pecho. Sentía como crecía la dulce tensión que generan dos almas a punto de conocerse de una manera tan íntima. Y al fin, sentí extasiado de felicidad sus labios rozando los míos; y como por arte de magia el mundo entero se paró y se calló. El tiempo detuvo justo en este preciso instante, para que nada lo alterara, para que nada pudiera generar una mácula en aquel recuerdo indeleble. Todo dejó de existir, de molestar o de importar. Solo estábamos ella y yo, y el creciente amor que se estaba gestando entre nosotros.
Aquella fue la situación más perfecta que jamás he vivido.

Ella es la ilusión de volverse a enamorar, y el dolor de la pérdida prematura. Dos grandes lecciones que me acompañaran para siempre.

El amor que sentí por ti jamás llegará a apagarse.

La chica de la casa vacía

Ella fue la relación más profunda y sincera que he tenido. Ella, la más adulta, la más mujer. Era un delicioso puzzle del que más te enamorabas cuanto más lo descifrabas. Complicada y sencilla al mismo tiempo. Era una guerrera que no conocía la rendición ni el miedo, y que solo conmigo se permitió el lujo dejar de ser fuerte y de permitir que alguien cuidara de ella, aunque fuera de vez en cuando.
Recuerdo sus ojos hipnóticos mirándome intensamente a través de la oscuridad de aquella casa  vacía, dónde tantísimas veces nos amamos. Su cuerpo perfecto acurrucado junto al mío bajo las mantas, disfrutando del sencillo placer del silencio entre dos amantes satisfechos. Éramos dos almas heridas que se sanaban mutuamente con caricias y besos hasta que desfallecíamos de amor cuando despuntaba el alba.
Recuerdo su risa fácil. Su hermosa voz cantando cuando estaba muy triste, o muy contenta. Recuerdo el olor que dejaba en mi cama cuando dormía en ella. El tacto de sus elegantes manos cuando nos aferrábamos el uno al otro mientras veíamos una película. La ilusión que se dibujaba en sus ojos cuando la arropaba antes de dormir, o cuando le llevaba el desayuno a la cama.
Me enamoré, crecí y maduré con ella como no había hecho con nadie en mi vida. Fue mi mujer, mi amante, mi maestra, mi confidente y mi mejor amiga.
Por ella decidí ser mejor de lo que era. Por ella traté de evolucionar, sin dejar de ser yo mismo.
Gracias a ella, hoy soy lo que soy. Ella me ayudó a vencer mis miedos y mis temores. Mis fantasmas, que antes de conocerla me asfixiaban con su abrazo, terminaron derrotados gracias a su compañía.

Ella es el amor sincero y noble que te impulsa a crecer y a sanar tus heridas.

Siempre querré estar cerca de ti.



"Gracias a todos, por todo lo que me habéis dado, y por lo que aún me podeis ofrecer. Por todo lo bueno y lo malo. Porque es de mis vivencias con vosotros de lo que más he aprendido en esta vida. Os deseo con todo mi corazón una vida llena de felicidad."
Fran

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