.Esclavos.



"El tintineo de unas cadenas me saca de una extraña somnolencia. Abro los ojos y descubro que estoy andando. Siento que estoy descalzo y noto el suelo frio y duro, que muerde de manera inmisericorde mis doloridos pies.
 
Aun así, no dejo de andar, algo me dice que no lo haga.

Empiezo a pensar y el pánico empieza a apoderarse de mí. No recuerdo de donde vengo, no sé a donde voy, y una pregunta apremiante surge de golpe en mi mente: ¿Quién soy yo?
 
Miro a mí alrededor y veo más personas que como yo, avanzan lentamente, cabizbajos. Hay de todo, hombres, mujeres, niños y niñas, ancianos. Gentes de todas las razas y credos. Todos ellos con los ojos cerrados. 
 
Se dirigen ciegamente a un destino que nadie conoce. ¿Soy el único que ha despertado? ¿Soy el único que ve lo que ocurre?

Me fijo en esas personas y me percato de un detalle que me estremece. Todos llevan grilletes. Las manos de todos ellos se hayan presas de esposas metálicas que aprisionan la carne sin piedad. 
 
Entonces bajo mi vista y observo horrorizado que mis manos también están aprisionadas por los mismos grilletes. Empiezo a entender la fatalidad de la situación.
 
Esclavos. Somos esclavos. Todos nosotros. Esclavos ciegos y dormidos, somos guiados como ganado sin saber dónde vamos ni que será de nosotros.
 
¿Qué está ocurriendo?

No sé quién soy, pero en mi cabeza vive el recuerdo de un cielo azul que se alza sobre grandes colinas de hierba verde y frondosos árboles llenos de vida. Sin embargo, algo me dice que todo eso ya no existe cuando miro arriba y veo el cielo teñido con un marrón enfermizo, salpicado de nubes llenas de un gris verdoso.
 
Una certeza llega a mi mente: El mundo está enfermo y se muere. Siento el pánico recorrer mis huesos.
La enorme marea de esclavos continua con su tortuoso camino durante un rato más, mientras yo intento en vano liberarme de los grilletes que me impiden escapar de esa situación.
 
Al fin, distingo un gran edificio. Es una monstruosidad de estructura. Es tan grande que se podría construir una ciudad dentro de él. 
 
Lo llaman “Progreso”. No se como conozco esa información, pero ahí está. Todos vamos ciegos y maniatados al progreso. 
 
Imágenes sueltas y espeluznantes aparecen en mi cabeza, pues de algún modo tengo la certeza de que dentro de ese increíble edificio suceden miles de cosas atroces.

Los últimos vestigios de vida animal y vegetal están siendo exterminados en aras de la ciencia y el avance tecnológico. El mundo se ha visto privado de la exuberante vida que albergó en tiempos, y ahora todo es un extenso y muerto erial, donde la tierra es estéril, el aire es toxico y el agua  ahora es veneno radiactivo.

La Justicia dentro del Progreso murió asesinada, y su cuerpo jamás se encontró. Ha sido sustituida por la Ley para hacer su trabajo, pero su ineptitud permite a los asesinos y violadores escapar de las fuerzas del orden, y vagan sin impedimentos, disfrutando de crear el caos y el sufrimiento.

La Libertad huyó del Progreso, y nadie supo más de ella. Unos dicen que vive en un lugar muy lejano, donde el hombre vive pensando e imaginando lo que desea, amando sin impedimentos a quien quiera, sin importar sexo o raza e incluso es respetado sin tener en cuenta su físico o su condición social. 
En su despacho hace poco que se ha instalado un nuevo propietario. Quien lo ha visto, dice que se hace llamar a si mismo Democracia.

El Honor, al fracasar en su cometido de proteger a Justicia, perdió su razón de existir. Abandonó a su amante, la Cordura  y se corrompió. Su cuerpo convulsionó, y sus ojos derramaron fuego. Sus manos se transformaron en garras afiladas, y finalmente sus dientes se convirtieron en colmillos sedientos de sangre. Ahora se hace llamar Venganza y vaga por las calles del Progreso en noches sin luna. Allá por donde pasa, la Muerte sonríe y se regodea.

Y finalmente, la Cordura, amante del Honor, perdió la cabeza ante tanto sufrimiento.  Trató de olvidar el dolor de la pérdida entre botellas de alcohol y sexo por despecho. Pasó un tiempo desaparecida y la gente pensó que había muerto después de una noche de especial desenfreno. Pero al  poco apareció una mujer que se parecía mucho a ella, aunque cuando le preguntaron, dijo que ella no era Cordura, y que nada tenía que ver con ella.  Su nombre era Frenesí, y se moría por una raya de coca y sexo sin protección.

De pronto, mientras la marea esclava avanza, se escucha un fuerte crujido, y el lento y prolongado lamento que emite el metal mientras se dobla y se rompe. El suelo tiembla como si el mismo mundo bramara con la ira de los dioses.

Y frente a mis ojos el Progreso comienza a colapsar. El monsturoso edificio chilla en su agonia, mientras sus bases, cimentadas en el Egoismo y la Incompetencia, se vienen abajo.
Durante un breve momento, siento la esperanza en mi pecho, pues quizá seamos libres tras la caida de de esa estructura. Pero el alivio dura poco, pues tras caer destruido, el Progreso deja un enorme crater en el suelo cuyo fondo la vista no alcanza a ver.

Entre toses y lágrimas, producidas por el polvo del desastre, observo como ese crater se agranda. Aumenta su diametro y crece hacia nosotros, hacia la marea humana que sin darme cuenta, se ha quedado quieta por no tener a donde ir. Y antes de poder reaccionar, veo como los primeros esclavos caen al vacio sin tratar de huir o resistirse. El agujero crece y acaba engullendolos, tirandolos a un vacio sin fin.

Intento moverme o escapar. No quiero caer con ellos, pero estamos atados unos a otros y no consigo moverme. Impotente, observo como el agujero crece en mi dirección y chillo desesperado rogando por salvarme, mientras más esclavos caen sin remedio al abismo.

Al final el agujero llega a mis pies, siento como el suelo desaparece bajo mi persona y caigo. Me precipito a gran velocidad a lo que parece un abismo negro y eterno, donde las tinieblas me devorarán para siempre. Sin embargo, al poco me doy cuenta de que mis ojos consiguen distinguir algo entre la negrura. Fuerzo mi vista y comprendo angustiado que el agujero tiene fin, y me acerco a él en caida libre. Aunque me aterra no consigo apartar la vista del suelo, que se acerca a mi a mortal velocidad, y en un ultimo y agonico instante, mi cuerpo impacta de manera brutal contra el suelo, escuchandose el crujido de decenas de huesos rompiendose.

Solo entonces despierto con un gran sobresalto en mi cama. Jadeo velozmente y el sudor recorre mi frente.

Un sueño. Solo era un sueño. Y aun asi mi corazón late desbocado en mi pecho. Solo un sueño.

Miro el reloj. Son las 6:29. En un minuto sonará la alarma y me tocará levantarme e ir a clase. Y todo seguirá como siempre. Todo está bien ¿verdad? ¿Verdad?

Salgo a la calle, y veo el mundo diferente, aunque todo permanezca igual. Busco en el mundo real lo que habia muerto en esa terrible pesadilla. Busco a Justicia entre las miles de cabezas que se mueven por el centro. Ella no está. Tampoco encuentro a Libertad de camino a la universidad. Juraria haberla visto alguna vez en el autobús, escuchando musica, y haberse cruzado nuestros ojos.

Mi mirada se pierde en el infinito mientras tomo una cerveza en el bar favorito de Honor, pero él tampoco se encuentra alli, jugando a las cartas. Era el unico que no hacia trampas en aquellas timbas, y aun asi ganaba. Por la noche busco a Cordura cuando vuelvo a casa, pero tampoco hay rastro de ella. ¿Donde están todos?

Desde entonces no dejo de pensar que aunque estoy despierto, sigo en aquel sueño. Porque no veo  a Justicia en el mundo real. No veo a Libertad, ni a Honor, ni a Cordura. Pienso que sigo en aquel sueño porque veo que el mundo está llegando al colpaso, y que nos arrastrará a todos con él. Pienso que sigo en aquel sueño, porque cada vez con mas frecuencia siento, que aunque no llevemos grilletes de metal, seguimos siendo esclavos sin saberlo. Esclavos ciegos y dormidos, que somos guiados como ganado sin saber dónde vamos ni que será de nosotros.

Comentarios