.Sueños.



Desperté sobresaltado. El corazón latía con velocidad dentro de mi pecho, tan asustado como yo. Abrí los ojos todo lo que pude, pero apenas conseguí ver nada. Los volví a cerrar y pensé.

“¿Qué ocurre? ¿Por qué estoy así? ¿Qué es este dolor sordo que amenaza con desgarrar mi pecho? ¿Por qué tengo estas ganas de llorar?”

Entonces las imágenes volaron por mi mente de manera dolorosa y fugaz. Había soñado con ellas. Sus nombres rebotaban por mi cabeza, pero me esforcé por no visualizarlo. Ellas. Las que habían destrozado el corazón de un crio confiado. Después de meses, de años, en mis sueños había vuelto a ver su rostro, que en su día fue tan amado. El dolor recorrió cada centímetro de mi piel, como si el tiempo no hubiera pasado, como si las heridas no estuvieran ya cerradas.
Apreté con fuerza mis parpados, y luché por expulsar aquellos fantasmas de mi mente.

“Por favor… no me torturéis más. Por favor...”

Era injusto seguir sufriendo así después de tanto tiempo. Mis esfuerzos por desterrar aquellas imágenes fueron en vano, me resultó imposible evitar ver de nuevo sus caras, sus ojos brillantes, sus pelos… sus sonrisas. Los detalles de cada una, que para mi desgracia se grabaron a fuego en mi mente cuando las amé sin medida.

La soledad cayó sobre mí, como un pesado yunque. Oprimió mi pecho y durante un segundo sentí que me asfixiaba. No quería pensar en ellas y sentir que la soledad me invadía de nuevo, después de tanto tiempo.  Abrí los ojos de nuevo, y solo conseguí ver unas tímidas líneas de luz a través de la persiana bajada de la habitación, que no tenían aún fuerza suficiente para iluminar la estancia.
El dolor, aun dormido, latente, amenazaba con salir por completo del mundo de los sueños y torturarme en la realidad. El dolor, la única pesadilla que es capaz de perseguirte incluso cuando despiertas.

Fue entonces cuando traté de moverme, y la sentí a mi lado. El miedo, el dolor, y la soledad, gritaron furiosos al verse derrotados por los nuevos sentimientos y recuerdos que manaban sin oposición de mi mente.
Sumido en el dolor de mis pesadillas pensaba que seguía en mi cama, con la soledad y la oscuridad como única compañía… Pero entonces recorrí el cuarto con los ojos, sabiendo que aquel no era mi lugar de descanso habitual.

Volví a posar los ojos en la figura que descansaba a mi lado. La paz me recorrió, cerrando todas las heridas que antes amenazaban con abrirse de nuevo y volví a sentir ganas de llorar, pero esta vez de emoción.
Estaba dulcemente dormida, con toda la tranquilidad que siente aquella persona que se sabe cuidada, ajena a cualquier peligro o preocupación. La respiración era limpia, suave, acompasada. Escucharla era casi sedante. Las sabanas le cubrían el cuerpo hasta los hombros, y la suave luz que entraba por las rendijas de las persianas, solo dejaba entrever la hermosa figura desnuda que yacía bajo aquellas telas.
Desde mi posición veía tan solo su espalda que subía y bajaba con el ritmo de su respiración y su pelo largo desperdigado por la almohada. Me embargó la felicidad al verla, al fin, tan tranquila. Me gustó pensar que esa tranquilidad se debía en parte gracias a mí, a mi presencia.

Me sentí culpable por haber recordado el rostro de aquellas a las que amé en su presencia, como si fuera una pequeña traición, y sin proponérmelo, como si quisiera compensar mi falta, comencé a recordar lo sucedido en las últimas horas.
Su cuerpo desnudo. Sus manos cálidas acariciando con ternura mi cara. Sus pechos. Su vientre. Su boca entreabierta, suspirando de placer mientras nuestros cuerpos se unían. El brillo de sus ojos mientras nos mirábamos al hacer el amor. La suavidad de sus labios cuando se juntaban con los míos, con ternura al principio, y con pasión al final.

Una oleada de sentimientos llegó de sopetón, y casi no pude encajarlos todos. Agradecimiento, cariño, pasión, tristeza, melancolía, temor… y luego solo paz. Me acerqué a su cuerpo bajo las sabanas, y sentí la piel caliente de su espalda contra mi pecho desnudo. Por instinto, ella se acercó mas a mí al sentir mi cuerpo, y en un momento no hubo separación entre nuestra piel. La abracé desde su espalda, colocando una mano en su vientre y otra en su pecho. Pude sentir los latidos de su corazón, tranquilos, pausados, y aquello me hizo feliz.

Ella murmuró algo, pero siguió tan dormida como antes.

Acerqué mi cara a su pelo y aspiré su aroma. Me embriagó de tal manera que casi se me escapa un gemido. 
Y así, piel con piel, el sopor me invadió de nuevo. Comencé a sentirme terriblemente cansado y feliz de poder estar en esa situación, con aquella mujer. La soledad y el dolor estaban ya muy lejos.
Antes de caer dormido, apoyé mis labios en la piel de su espalda y la besé con ternura.

“Te quiero.” Dije con apenas un susurro.

Cuando el sueño ya me estaba venciendo me pareció oír el susurro de una voz femenina.

“Te quiero… “

Me dormí con una sonrisa en los labios. No había más dolor en mi pecho. 

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