Mis ojos están cerrados cuando siento su presencia. Ha
llegado hasta mí y ni me he percatado de ello. Me he quedado completamente
relajado con el vaivén de las olas de la playa en la que nos encontramos y creo
que casi me he quedado dormido estando de pie.
Cae la tarde, y los débiles y anaranjados rayos del Sol
traspasan mis párpados, dejando mi visión repleta de matices rojos y amarillos.
Cuando me doy cuenta de que ella está aquí, me resisto a
abrir los ojos. Saboreo el momento con deleite. Encojo los dedos de mis pies y
disfruto del tacto fresco de la arena. Aspiro lentamente la brisa que corre
veloz por la costa. Agua y sal. Libertad y vida. Y por supuesto, su olor. Todo ello se mezcla con suavidad y harmonía,
y durante un fugaz momento tengo la certeza de que este es el aroma que se
respira todos los días en el Paraíso, si es que existe.
Arena fresca, brisa suave, luz cálida, y unos brazos que
comienzan a rodearme con ternura. Me estremezco sin siquiera darme cuenta. Mi
piel, fría por la brisa se eriza ante el contacto caliente de aquellas manos
que me acarician.
Sigo sin abrir los ojos, pero sonrío mostrando mis dientes.
Las manos ascienden por mis bíceps hasta llegar a los hombros, provocando con
cada caricia un placentero espasmo. Su recorrido les lleva por mi cuello, y
finalmente acaban posándose en mis mejillas. Parece como si estuvieran hechas
para encajar perfectamente en los huecos de aquellas manos que sin pronunciar
palabra alguna, me están diciendo que me aman.
Entonces, sin prisa pero con firmeza, tiran de mi cara hacia
delante. Siento como mi corazón se acelera, y descubro que en algún momento mis
propias manos se han cerrado con suavidad en torno a sus muñecas. Después de un
eterno, dulce y al mismo tiempo angustioso momento, mis labios se encuentran
con la suavidad y la humedad de los
suyos. Siento como se eriza el vello de mi nuca. Un espasmo recorre toda mi
espalda y me obliga a arquearme ligeramente, como un gato en busca de atención.
Sus labios están suaves, húmedos, perfectos, y me avergüenzo
un poco mientras el beso continúa, porque me percato de que los míos se han
resecado por el aire. Pero ella sabe lo que pienso, sabe cómo me siento y
sonríe, aún cuando nuestros labios siguen saludándose de tan intima manera. Se
despega un poco de mi, apenas un centímetro, pero basta para desesperarme. No
te vayas. Por favor, no te alejes. Ahora no…
Pero mi desesperación dura poco. Enseguida siento la punta
húmeda y caliente de su lengua acariciando mis labios, mojándolos con ternura,
con sensualidad. Lentamente explora cada milímetro de ellos, y cuando siente
que ha recorrido cuanto deseaba, sin vacilar, introduce su lengua en mi boca. Y
yo me derrito entre sus manos. Los labios se reencuentran de nuevo, húmedos, deseosos
de acariciarse mutuamente, y nuestras
lenguas inician una dulce batalla que ninguna desea ganar ni perder.
Nos fundimos en aquel beso eterno y apasionado, mientras el
viento sopla fuerte, como si nuestro beso le animara a correr veloz. Las olas
del mar avanzan por la arena, acercándose a nuestros pies, intentando formar
parte de aquel encuentro ardiente. Y el Sol poco a poco se va escondiendo,
celoso de nuestra pasión, sabiendo que él jamás podrá sentir la perfección de
un momento así.
Mis ojos aun no se han abierto. Los tonos rojos y amarillos
han degradado lentamente en azules y morados, y finalmente en negro nocturno.
La noche ha acabado por caer a nuestro alrededor, envolviendo nuestro beso en
oscuridad y haciéndolo mas intimo si cabe.
No sé en qué momento sus manos han abandonado mis mejillas y
se han posado en mi cintura. Ni entiendo como he pasado a tener las mías sobre
sus hombros, sujetando delicadamente su cabeza.
El frio empieza a ser intenso, pero nuestros cuerpos
despiden fuego al juntarse y nos olvidamos del helado viento que sigue aullando
a nuestro alrededor.
No sé cuánto tiempo ha pasado. Ni me importa.
Ahora mi mundo es su boca. Mi hogar es su lengua. Mi vida es
el aliento que exhala cada vez que nuestras bocas se separan un instante.
Sigo sin abrir los ojos. No es necesario que vea cuanto me
rodea. Solo necesito sentir que su boca apaga la sed de ternura que posee mi
alma.
Ojalá el tiempo se detenga en este beso.
Ojalá que este sea un beso eterno.

Comentarios
Publicar un comentario