El joven espadachín miró a su oponente. No parecía una lucha
muy equilibrada. A ojos de cualquier incauto, bien podría parecer que aquel
hombre, joven y atlético, acababa de emboscar en mitad del bosque a un pobre
anciano que necesitaba un bastón para caminar. Pero por allí no pasaba nadie,
cauto o incauto. Nadie pasaba nunca por aquel bosque. Estaban solos.
Despacio, como con cautela, el muchacho llevó su diestra tras
su cuello, donde descansaba envainada su fiel espada. El anciano miraba con
atención, incluso con curiosidad.
En el antinatural silencio que reinaba en aquel claro, el
sonido de la espada siendo desenvainada perduró durante varios segundos en los
oídos de los dos hombres.
Hacía varios minutos que se miraban el uno al otro, y cuando
por fin el más joven habló, su voz sonó excesivamente fuerte en comparación con
la calma precedente:
- Te he buscado durante mucho tiempo.- Aguardó en silencio
unos segundos, quizá esperando una respuesta, pero como esta no llegó, continuó hablando.- Asique
aquí es dónde lo escondes.
El anciano siguió sin contestar, y el joven interpretó el
silencio como una afirmación.
- Dámelo. – Extendió la mano izquierda.- Dámelo y no te
mataré.
Solo entonces, en la serena mirada del anciano relampagueó
un fugaz destello de rebeldía.
- Si lo quieres, sabes que eso es precisamente lo que tendrás
que hacer.
Durante un momento eterno, joven y anciano se miraron a los
ojos. Y durante una fracción de segundo, el joven entrecerró los ojos. Entonces
desapareció.
El anciano se concentró durante un instante, y para él, el
mundo entero se ralentizó. Cerró los ojos y permaneció completamente quieto.
Entonces el espadachín reapareció a su espalda, lanzando un
terrible y veloz tajo horizontal en dirección a su costado. Nadie en el mundo
debería haber podido esquivar algo así. Y menos un anciano. Pero aquel hombre
estaba realizando un tipo de magia muy poco convencional, y lo que para
cualquier otra persona habría sido un veloz movimiento de apenas un segundo de
duración, para él, en aquel estado, el muchacho había realizado el ataque a una
velocidad sumamente lenta. Sin esfuerzo alguno, y sin si quiera mirar a su
alrededor, el anciano sintió de donde procedía el ataque y lo esquivó sin
problemas.
Entonces se dio la vuelta y aguardó la siguiente acometida.
El joven enarboló de nuevo su arma y cargó. Era un diestro
espadachín, sin duda. Manejaba aquella hoja
con gran soltura y enlazaba tajos y estocadas con una fluidez asombrosa.
Casi sobrehumana.
Pero el anciano demostraba unos reflejos serpentinos y todo
ataque acababa encontrándose únicamente con el aire. Así, durante varios
minutos frenéticos, el joven y el anciano se enzarzaron en un baile silencioso
y mortal. Al final, ambos se detuvieron y se separaron unos metros.
- No estás preparado para esto, muchacho.- Dijo el anciano,
sin rastro de fatiga en la voz. – Si dejas aquí esa espada y te marchas para siempre,
olvidaré que nos hemos visto.
El joven sopesó la idea durante un solo segundo, y sintió
hervir su sangre ante la idea de rendirse y ceder su espada. No, acabaría con
aquel anciano, no había llegado tan lejos para rendirse ahora. El otro
interpretó la determinación en su cara y dijo con pesadumbre:
- Veo que no me escucharás. Sea pues. Te he dado tu
oportunidad y no la has aceptado. - Dicho esto,
metió la mano entre sus ropajes
y desenvaino una espada corta de hoja ancha. – Adelante.
La lucha continuó con el frenesí anterior, con la salvedad
del intermitente sonido de hojas metálicas chocando entre sí. El joven
arremetió con una estocada, pero el anciano desvió el ataque trazando un arco
con su espada, mientras que con la otra mano aferraba el brazo del joven. Tiró
de él hacia sí, y con un veloz movimiento, le golpeó en la cara con la
empuñadura del arma. Trastabillando, el joven se alejó unos pasos hacia atrás,
mientras marcaba su recorrido con gruesas gotas de sangre que manaban de su
boca.
Alzó los ojos y clavó una mirada llena de odio al anciano.
Lo estaba dejando en ridículo. Se le ocurrió un plan, pero para llevarlo a cabo
necesitaba que el anciano no lo viera durante al menos un segundo…
Sonrió. La respuesta era más fácil de lo que habría imaginado.
Empuñó de nuevo la espada y cargó contra el anciano que le
esperaba erguido y sereno, arma en ristre, listo para defenderse. Pero cuando
las hojas de las espadas estaban a punto de chocar nuevamente, el joven gritó brevemente
y su cuerpo brilló intensamente durante un instante. Como el fulgor repentino
de un relámpago rasgando el cielo nocturno.
El anciano ahogó un grito y soltó su espada, llevándose las
manos a sus doloridos ojos.
- Eso no te servirá de nada – Masculló, y se puso en guardia
para defenderse del oportunista golpe
que sin duda llegaría aprovechando su ceguera. Pero no llegó ninguno.
Cuando pudo ver de nuevo, el anciano vio que el joven estaba
allí parado, con la espada apoyada contra el suelo.
- Había pensado matarte mientras estabas cegado. Pero luego he
recapacitado y he decidido que quiero hacerlo estando en igualdad de
condiciones. No podría jactarme de haber matado a un viejo ciego. –Y sonrió con
arrogancia.
El anciano recogió su espada del suelo con tranquilidad, y
de nuevo se puso en guardia.
- Deberías haberlo hecho. No habrá una segunda oportunidad.
Ambos contendientes se prepararon de nuevo para el combate,
y cargaron. El joven atacó primero, seguro de sí mismo, trazando con su espada
un arco descendente que iba directamente a la cabeza del anciano. Pero este,
con una habilidad inhumana, bloqueo el golpe y con dos rápidos movimientos,
cercenó las dos manos del joven, que cayeron al suelo junto con su espada.
Inmediatamente después, con un solo tajo, separó la cabeza del cuerpo.
Lo que el anciano no sabía, es que mientras él estaba
cegado, el joven había llevado a cabo su plan.
Con una considerable dosis de
esfuerzo mágico por su parte, el joven había logrado conjurar una imagen
perfecta de sí mismo que controlaba a su antojo, y le había dado su espada. No
podría mantener mágicamente aquel doble durante mucho rato, pero tampoco
necesitaba demasiado tiempo. Tras esto se escondió, y pasó a manejar desde las
sombras a su doble mágico.
El joven aprovechó la oportunidad para hacerse invisible
durante solo unos segundos y colocarse detrás del anciano mientras este atacaba
a su imagen. En el mismo momento en que el doble fue decapitado, se hizo
translucido y desapareció. El anciano comprendió la treta enseguida, pero
cuando quiso darse la vuelta ya era demasiado tarde. Sintió como una fría hoja
atravesaba su espalda y lo hería de muerte. El joven, sujetando aún la daga, le
susurró por la espalda.
- Nunca debiste enseñarme magia, padre. Quizá tú seas más
poderoso, pero ya ves que yo soy más astuto. Aunque cuando encuentre tu libro,
tendré todo tu poder, y entonces el mundo entero será mío.
El anciano, jadeando, cayó de rodillas. La sangre manaba
abundantemente de la herida y ya comenzaba a acumularse en el suelo.
Giró la cabeza y miró
a su asesino con un ictus de dolor y furia en el rostro. El joven, sin dejar de mirarle, sonrió con
arrogancia en la boca ensangrentada y ambición en las pupilas.
Pero sucedió algo inesperado: Un susurro entre la espesura
de los árboles y después un murmullo que provenía del subsuelo.
Y sin previo aviso, bajo los pies del joven espadachín el
suelo creció rápidamente hasta su pecho y lo atrapó en un amasijo de roca y
tierra, dejándolo completamente inmovilizado.
Entonces, el anciano sin dejar de jadear, cambió su
expresión de dolor y lentamente comenzó a sonreír, luego se volvió translucido
y finalmente desapareció. Y así, el joven comprendió que había sido víctima
desde el principio del mismo truco que él había ideado. Al principio se sintió
humillado e increíblemente furioso, pero cuando vio que cualquier intento por
liberarse terminaba en fracaso, lo único que sintió fue el terror de aquel que
intuye una muerte próxima sin estar preparado para ella.
Y así, atrapado e indefenso, vio como el verdadero anciano
salía de las sombras del bosque, se acercaba con parsimonia a la espada que
había en el suelo, y la hacía volar hasta su mano con el poder de su mente.
- Jamás pondrás tus manos en el Libro, pues tu corazón es
negro y no mereces si quiera poder mirarlo. - Dos brasas ardientes brillaban en
los ojos del anciano - Yo soy el
Guardián, me fue encomendado el deber proteger sus secretos, y no conoceré la
muerte hasta que llegue el día en que mis servicios dejen de ser necesarios.
El anciano Guardián calló y alzó el brazo, cerrando el puño
al mismo tiempo. La prisión de piedra crujió y tembló. Entonces el anciano
volvió a hablar.
- Y hasta ese momento tú permanecerás donde te corresponde. En
la sombra y el olvido.
Entonces bajó el brazo, y el montículo de piedra se empezó a
hundir de nuevo en las entrañas de la tierra, llevándose consigo a su
desesperado prisionero, que solo se le oyó dejar de gritar cuando la tierra se
lo tragó por completo…

¡Vaya!
ResponderEliminarMe decidi a hacer algo antes de dormir, se me ocurrió dejarme caer por aquí. Y me alegro de ello, ya era hora =D
¿Es esto parte de una saga de historietas? Lo digo porque como escena cerrada es genial, pero parece pertenecer a algo más grande. Lo descubriré, supongo, a medida que profundice más en tu pequeño rincón en la red. Igualmente, genial escena
Volverè!
¡¡Oh!! ¡Que ilusón mas tope guay me hace que hayas entrado! XDDD No se si te defraudará, pero en principio este texto es una escena aislada. Los textos que publico aqui (de momento) siempre son cosas aisladas que nada tiene que ver con lo demás. Básicamente son mis pequeñas locuras plasmadas en un blog. La historia continuada es en el otro blog =)
EliminarMe alegra que te hayas pasado por aqui! Saludos y agradecimientos por el comentario! :D