¿Qué harás cuando pierdas la esperanza?
Cuando las brumas del fracaso cubran tu vista…
Cuándo intuyas que el rumbo de tu vida se perdió con la
última derrota…
El peso en tu pecho es tan grande que sientes que te falta
el aire ¿no es cierto? Miras en torno a ti y nada te consuela. Las personas que
te quieren observan como tu luz se marchita lentamente, igual que la llama de
una vela se apaga cuando se está quedando sin cuerda… Y crees que tus esfuerzos
por remontar son inútiles. Te puede la culpa al ver que aquellos que te aman se
preocupan por ti.
Tus movimientos se vuelven pesados, torpes. ¿Qué te pasa?
¿Dónde quedó tu temple? ¿Dónde tu voluntad, tu fuerza y tu coraje? ¿Cuándo los
dejaste marchar y los cambiaste por incertidumbre y dejadez?
Sabes que el camino aún no se ha terminado. Aun queda
demasiado por andar. Demasiadas batallas por librar, pero… ¡qué cansado te
sientes! ¿Verdad? Ya son demasiadas penas en tu espalda para los pocos años que
lleva tu corazón latiendo.
Sin embargo eres consciente de que todo el mundo carga con
las mismas lacras. No eres el único que sufre o fracasa, aunque a veces cometas
la insensatez de creer que nadie nunca experimento dolor tan grande como el
tuyo.
Y entonces vienes aquí. Te sientas en la oscuridad, y huyes
del mundo. Te aíslas del ruido y de la luz, y escribes.
Eso haces ¿verdad? La gente normal llora. Habla con sus
seres queridos. Busca un hombro en que apoyarse y liberar la amarga hiel que le
envenena el alma.
Pero no tú. El orgulloso. El invencible. ¿No es así?
Olvidaste hace tiempo como se llora. Lo olvidaste voluntariamente, creyendo en
tu necedad que ello te haría más fuerte.
Solo ahora descubres tu error.
Solo ahora entiendes que lo necesitas cuando la carga es tan
insoportable que no puedes con ella.
Y a cambio escribes. Donde otros liberan lágrimas, tú
liberas letras. Solo así sientes que tus fantasmas te liberan de su frio y
cruel abrazo.
Solo así, a veces, recuerdas como hacerlo. Solo, en
silencio, cubierto de sombra y dolor, lloras delante de una pantalla que brilla
impertérrita ante tu lamento.
Tus lagrimas, largo tiempo prisioneras, huyen de ti al fin,
y brillan con el fulgor frio y muerto del ordenador que te escucha con
paciencia, mientras resbalan suavemente por tus mejillas; como si a pesar de
todo intentaran acariciarte y consolar el dolor y el miedo que te atenaza.
Y poco a poco, cuando tu alma se vacía un poco del dolor que
la llenaba, vuelves a sentir la determinación que te caracteriza.
Vuelves a recordar quién eres. Miras la pantalla frente a
tus ojos y endureces tu rostro, como siempre.
Te vuelves a prometer a ti mismo
que no descansarás hasta lograr tu cometido. Hasta alcanzar la meta que tu solo
te has impuesto. Tus lágrimas aun no se han secado, y tú ya te arrepientes de
haberlas soltado, creyéndote débil por hacerlo.
Pero aun no eres capaz de entender que el mayor acto de
valor y fortaleza que has hecho no ha sido reponer tu ánimo.
Aun no entiendes que el mayor acto de valor y fortaleza que has logrado, es
admitir tus miedos y derrotas. Tus errores. Comprender que no eres perfecto, y
jurar que a pesar de tus defectos, intentarás hacerlo lo mejor que puedas en el
futuro.
Ve y lucha. Redime tus pecados. Hazlo lo mejor que sepas, y
con todo el honor que puedas. Y quizás algún día, consigas que todo el
sufrimiento que cargaste en tus hombros, valga la pena.
Se valiente.
Y nunca te des por vencido.

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