.Vacío.

El chico siempre llevó una vida feliz. O eso parecía.

Tuvo una familia estable, unos padres cariñosos y atentos, y una hermana que le quería y cuidaba.
Le fue bien en los estudios, se sacó su bachiller y entró en la universidad.


Estaba sano, hacía deporte, contaba con buenos amigos y tenía cierto éxito entre las chicas.

Era un chico inteligente, contaba con un ingenio agudo y algo pícaro, se le daba genial hacer reír a aquellos que le rodeaban y parecía que tenía el don de hacer amigos allá donde iba.

En su pecho latía un corazón noble y compasivo. Jamás sintió el deseo de hacer daño a nadie, y en más de una ocasión demostró que siempre estaba dispuesto a ayudar a cualquier persona que lo necesitara.

Tenía salud, contaba con amistad y recibía amor, y lo cierto es que aunque no tuvo lujos excesivos, tampoco le faltó nunca el dinero.

Vivía la vida con un código que él consideraba algo obsoleto para los tiempos que corrían, y sin embargo pocas veces faltó a dicho código, en el que el honor y el amor propio valían más que todo el oro del mundo.

Parecía que la vida le iba sobre ruedas. Al fin y al cabo ¿Qué más podía pedir?

Para él, solo quedaba una cosa por pedir. Un detalle que destruía el placer que pudiera brindarle todo el amor y la amistad del mundo.

El muchacho solo deseaba dejar de sentirse vacío. Solo deseaba poder disfrutar de aquello que le rodeaba. Pero no podía.

No sabía desde cuando se sentía así. Quizá hacía años. O quizá era un estado que le acompañaba desde que nació, aunque nunca se había dado cuenta.

Hacía tiempo que la idea rondaba por su cabeza, pero no fue hasta hace poco que admitió para sí el inconmensurable vacío que inundaba su pecho.

Para él carecía de sentido estar rodeado de gente, pues siempre se sentía solo.
Para él carecía de sentido ser amado, pues nunca se sintió merecedor de semejante sentimiento.

Desde que se admitió a sí mismo que estaba vacío, la vida era la misma, pero él ya no la veía igual. El azul del cielo pasó a tener un toque gris que lo ensució para siempre. El espejo comenzó a reflejar a un muchacho de sonrisa vivaz, pero de mirada marchita. Las canciones pasaron a hablarle de llantos en soledad, de miradas nostálgicas a un pasado que no volverá, de amargos y silenciosos lamentos. Dejó de hallar la paz en las solitarias noches de verano contemplando las estrellas, y empezó a sentir la angustia de sentirse pequeño y solo en un mundo demasiado grande y cruel.

El muchacho sabía que nadie entendería su pesar, pues él mismo comprendía que no había motivo para esa oscuridad que inundaba su alma. Tenía la certeza de que no podía hablar de ello, porque pensaba que haría daño a aquellos que le rodeaban y se preocupaban por su bienestar.

Así que guardó silencio y acumuló dolor en su corazón, deseando perder su alma para así poder dejar de sufrir por nada.

¿Qué fue de aquel muchacho?

Aún está entre vosotros. Os cede el asiento cuando el autobús va lleno. Os espera aguantándoos la puerta del patio cuando venís cargados con la compra, siempre con una sonrisa en los labios y un saludo amable. Os abraza cuando estáis mal, y os promete que todo irá bien. Os anima a continuar luchando por aquello que os hace felices.

Un caramelo de sufrimiento envuelto en papel de sonrisas.

Podréis verlo por la calle, con sus cascos en las orejas, las manos en los bolsillos y la mirada perdida, soñando con el día en que dejará de sentirse muerto. Frío.

Vacío.

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