.Estrellas.



Abrió de par en par la ventana de su habitación.

Las ambarinas luces de la noche inundaron la estancia y bañaron su cuerpo de tonos naranjas y ocres. Solo vestía con los pantalones del pijama, y aun así no se percató de aquel frio nocturno que trataba de acuchillar su piel desnuda, cuando el viento de poniente entró aullante en el cuarto.

Una vez más había vuelto a aquél estado casi catatónico. Le ocurría cuando la vida le gastaba putadas, o cuando él solito se las buscaba. Solía mirar por la ventana, con la vista fija en ningún punto, sin desviarla ni un ápice. Convertirse por unos momentos en piedra. Cómo si así pudiera dejar de sentir, o de sufrir, o de ser imbécil.

Una noche sin estrellas.
Miraba al cielo mientras su mente seguía en blanco.

No había estrellas. Claro que no. Hacía años que no se veían estrellas en aquella ciudad maldita.

Las echaba de menos.

Se apoyó en el alfeizar de la ventana y respiró profundamente. Al menos el aire venia de las montañas y se le antojaba fresco y limpio. Eso le hizo sentir un poco mejor.

Cerró la ventana y bajó la persiana, dejando la habitación súbitamente a oscuras. Con la seguridad de quien ha repetido los mismos pasos una y otra vez, avanzó con paso seguro de la ventana a la cama sin tropezar, y se metió bajo las mantas. El calor que sintió al cubrir su piel con el nórdico le relajo un poco, y creyó que pronto se dormiría.

Pero sin poder o sin querer evitarlo, comenzó a meditar sobre sus pasos, y sobre lo que iba a hacer con su vida. Se despidió del sueño y del descanso, y se levanto de nuevo.

Esa noche tampoco iba a dormir.

Volvió a abrir la ventana.

Seguía sin haber estrellas en el cielo.

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