Se giró cinco segundos después de escuchar el portazo. La
habitación estaba completamente desordenada; el armario abierto y vaciado con prisa; la cama desecha; pañuelos
por el suelo.
La imagen del conflicto.
Ella se había marchado definitivamente. Maleta llena de la
ropa justa y necesaria, puerta y carretera. Y ahora el silencio como único y cruel
compañero.
Volvió a girarse para no ver la imagen. El armario abierto y
los cajones vacios eran para él igual de aterradores que un cadáver eviscerado,
y su imagen amenazaba con romper la frágil red de cordura que le sujetaba en
esos momentos.
Miró por la ventana. Diluviaba. Diluviaba con la misma ira
con la que habían resbalado las lágrimas por las mejillas de ella cuando se
marchaba. El cielo y sus ojos se habían puesto de acuerdo para mostrar la
angustia del momento.
Allí estaba ella, bajo aquella lluvia inmisericorde con la maleta
a rastras. La misma maleta que se había llevado cuando hicieron su primera
escapada a un hotel de Castellón. ¿Por
qué le venia ahora ese recuerdo?
La vio como se alejaba, con paso apresurado. Incluso desde
la distancia y a través de la cortina de lluvia, pudo ver el vaho de su
acelerada respiración. Seguía llorando. Sin duda.
El taxi ya la estaba esperando. No se molestó ni en meter la
maleta detrás. Entró como una exhalación en el vehículo y 10 segundos después ya
se alejaba, Dios sabe en dirección a dónde.
Se quedó mirando a través de la lluvia a ninguna parte,
quizá durante un minuto, quizá durante una hora, no sabría decirlo. Era como si
al marcharse ella, el tiempo hubiera enloquecido con su ausencia.
El sabía que esta situación había sido decisión suya. Era
consciente de que había hecho lo mejor para los dos. Y a pesar de todo…
Cerró la ventana y se encaró a una casa más grande, vacía y
silenciosa que nunca.
Su cabeza en esos momentos solo estaba llena de niebla. De
ruido estático. No había planes, ni ideas, ni pensamientos. Era un autómata que se movía sin objetivo
alguno.
Apagó la luz del cuarto y se encaminó por el oscuro pasillo
en dirección al comedor.
Interruptor. Luz. Silencio.
Arrastró una silla en dirección a la estantería que tenía el
milibar y las copas. Se subió a ella y palpó la parte superior de la estantería,
hasta dar con un objeto rectangular. Lo aferró y se bajo de la silla.
Una cajetilla de cigarros.
Hacía ya meses que no fumaba, ella le había ayudado a
dejarlo, pero el siempre tenía esa cajetilla ahí, por si algún día los
necesitaba.
Y hoy los necesitaba muchísimo.
Mechero. Chasquido. Humo en los pulmones.
Volvió a la habitación. La misma ventana, la misma lluvia furiosa.
Pero la calle ahora estaba vacía. Una parte minúscula de él, aun creía posible
que el taxi apareciera en mitad de la noche y ella regresara con su maleta.
Pero eso no iba a suceder, claro.
Le dio una calada al cigarro, y expulsó el humo lentamente.
Se giró de nuevo y con rapidez cerró los cajones y las
puertas del armario. Se dio cuenta de que mientras cerraba la puerta del
armario, cerraba al mismo tiempo una etapa de su vida.
Era el primer paso para comenzar la siguiente.
Ya no había vuelta atrás.

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