Siempre me he considerado un escritor en ciernes.
Como tal,
tengo una afinidad especial por las palabras, se me da bien usarlas. Otros
manejan bien un pincel, un piano o un balón. Yo disfruto manejando las palabras,
igual que el jugador de ajedrez disfruta deslizando las piezas sobre el
tablero.
Las palabras tienen un poder especial.
A primera vista son
como el humo: efímeras, intangibles; y sin embargo, son el arma más poderosa de
qué dispone el ser humano.
Son más fuertes que los ejércitos. Más afiladas que las
espadas.
Más contundentes que los puños. Más manejables que el acero.
Más convincentes que
el dinero. Más duraderas que el rencor.
Dale a un escritor un momento de inspiración, y su creación
será una piedra golpeando la superficie del estanque de la sociedad. Será el epicentro de las ondas que se
expandirán en todas direcciones, y allá donde pasen, activarán la mente de
aquellos que toquen.
Los escritores son lo más parecido que existe a los
hechiceros en la vida real. Con la combinación de palabras adecuada, pueden
obrar milagros lejos del alcance del resto de los mortales.
Sin embargo, tenemos una tara.
Al igual que los hechiceros, nuestra magia también es un
arma de doble filo, y en ocasiones puede volverse en nuestra contra.La mayoría de palabras están hechas para ser dichas, para ser escuchadas.Y de esto los escritores somos más conscientes que la mayoría de las personas.
Para un escritor, guardarse las palabras dentro cuando desea
liberarlas, es una carga difícil de soportar. Cuando liberas las palabras escribiendo, ellas
te compensan llevándose parte de las tinieblas que puedas tener por dentro. Es
una relación simbiótica.
Pero cuando las palabras desean salir y tú no se lo
permites, se vuelven en tu contra. Te destruyen. Se enquistan en tu interior y
se hacen cada vez más pesadas. Su simbiosis contigo se convierte en un
parasitismo que acaba matando tu capacidad de creación.
Y yo tengo tantas palabras dentro…
Tantas palabras que no dejan de repetirme que deberían haber
sido dichas…
Palabras que siguen esperando el momento de ser libres.
Palabras prisioneras.
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