Con la espada aún en la mano, miro atrás, y observo cómo me alejo paso a
paso del laberinto que me atrapaba.
Sus altos y desvencijados muros pétreos se hacen más pequeños con cada centímetro que pongo entre ellos y mi persona. La sensación de vivir atrapado entre aquellos muros se desvanece, dejando solamente el pitido de un silencio extrañamente confortable.
Dando tumbos y tropiezos, tratando de escapar de aquella prisión, no me paré a pensar cuál sería el primer paso a dar después de alcanzar la salida.
Pero aquí estoy. ¿Ahora, qué? Por lo pronto, me desperezo con placer y seco el sudor que impregna mi frente, fruto del esfuerzo de la última carrera que me llevó fuera de aquel lugar siniestro y oscuro.
El aire aquí es fresco y limpio, y me hace sentir más ligero que nunca. Inspiro con fuerza y noto olor a pino y azahar. A clavo y limón. Huele a hierba y agua. Huele a cielo y nubes.
Envaino a Honor, mi espada y noto su confortable peso en la espalda. Ella es la que me ha permitido salir de aquel laberinto casi indemne. Después de todo, unos cuantos arañazos en cuerpo y espíritu son un precio bajo por haber salido de allí.
Por primera vez en muchos, muchos años, estoy sin un plan. Eso me agrada y me asusta a partes iguales. Yo siempre he tenido un plan, una misión.
Yo, que peleé contra dragones hambrientos de mis miedos, y los vencí en sus propias guaridas.
Yo, que rescaté a princesas de las garras de monstruos deformes sedientos de lágrimas, cuyos ojos ciegos eran capaces de ver la desesperación en el corazón de los hombres.
Yo, que tuve que jugarme el alma y la cordura en un duelo contra el mismo Diablo, y le vencí haciendo trampas. Ahora sus secuaces me sonríen cuando me ven y me invitan a cervezas, confiando en que llegue el momento en que sucumba a sus tretas, y acabe postrándome finalmente ante su oscuro señor.
Yo, que sangré, morí y resucité por el deber y el amor.
Yo, que descendí desarmado a las más oscuras grutas de mi mente y allí descubrí que mi peor enemigo es inmortal y despiadado, y que viste mis ropas, lleva mi rostro y tiene mi voz.
Yo, que derroté en solitario a un ejército entero de dudas, cuyas espadas traspasaban la carne y herían la mente.
Ahora camino solo y en silencio.
A mis espaldas quedan aquellas ciudades que no logré salvar. Ahora son ruinas llenas de escombros hechos de fracasos, y de cenizas de amores cuya llama acabó por consumirse hasta morir.
¿Quién sabe qué nueva aventura me espera? ¿Qué nuevos retos me aguardan? ¿Qué forma tendrá el próximo enemigo a abatir?
El sendero que me aguarda es largo y solitario, pero ello no me causa temor
ni congoja. Por el momento cielo azul, aire fresco y paso tranquilo.
En la lejanía veo un gran bosque verde y frondoso, que parece invitar a perderse entre su espesura, probar las frutas de sus árboles y a conocer a las ninfas que lo habitan.
Ahora camino solo y en silencio.
Saco mi botella, pego un largo trago de agua fresca y sonrío con arrogancia ante la idea. Al fin y al cabo... ¿Qué tengo que temer?
Soy el mayor héroe que jamás he conocido.
Sus altos y desvencijados muros pétreos se hacen más pequeños con cada centímetro que pongo entre ellos y mi persona. La sensación de vivir atrapado entre aquellos muros se desvanece, dejando solamente el pitido de un silencio extrañamente confortable.
Dando tumbos y tropiezos, tratando de escapar de aquella prisión, no me paré a pensar cuál sería el primer paso a dar después de alcanzar la salida.
Pero aquí estoy. ¿Ahora, qué? Por lo pronto, me desperezo con placer y seco el sudor que impregna mi frente, fruto del esfuerzo de la última carrera que me llevó fuera de aquel lugar siniestro y oscuro.
El aire aquí es fresco y limpio, y me hace sentir más ligero que nunca. Inspiro con fuerza y noto olor a pino y azahar. A clavo y limón. Huele a hierba y agua. Huele a cielo y nubes.
Envaino a Honor, mi espada y noto su confortable peso en la espalda. Ella es la que me ha permitido salir de aquel laberinto casi indemne. Después de todo, unos cuantos arañazos en cuerpo y espíritu son un precio bajo por haber salido de allí.
Por primera vez en muchos, muchos años, estoy sin un plan. Eso me agrada y me asusta a partes iguales. Yo siempre he tenido un plan, una misión.
Yo, que peleé contra dragones hambrientos de mis miedos, y los vencí en sus propias guaridas.
Yo, que rescaté a princesas de las garras de monstruos deformes sedientos de lágrimas, cuyos ojos ciegos eran capaces de ver la desesperación en el corazón de los hombres.
Yo, que tuve que jugarme el alma y la cordura en un duelo contra el mismo Diablo, y le vencí haciendo trampas. Ahora sus secuaces me sonríen cuando me ven y me invitan a cervezas, confiando en que llegue el momento en que sucumba a sus tretas, y acabe postrándome finalmente ante su oscuro señor.
Yo, que sangré, morí y resucité por el deber y el amor.
Yo, que descendí desarmado a las más oscuras grutas de mi mente y allí descubrí que mi peor enemigo es inmortal y despiadado, y que viste mis ropas, lleva mi rostro y tiene mi voz.
Yo, que derroté en solitario a un ejército entero de dudas, cuyas espadas traspasaban la carne y herían la mente.
Ahora camino solo y en silencio.
A mis espaldas quedan aquellas ciudades que no logré salvar. Ahora son ruinas llenas de escombros hechos de fracasos, y de cenizas de amores cuya llama acabó por consumirse hasta morir.
¿Quién sabe qué nueva aventura me espera? ¿Qué nuevos retos me aguardan? ¿Qué forma tendrá el próximo enemigo a abatir?
El sendero que me aguarda es largo y solitario, pero ello no me causa temor
ni congoja. Por el momento cielo azul, aire fresco y paso tranquilo. En la lejanía veo un gran bosque verde y frondoso, que parece invitar a perderse entre su espesura, probar las frutas de sus árboles y a conocer a las ninfas que lo habitan.
Ahora camino solo y en silencio.
Saco mi botella, pego un largo trago de agua fresca y sonrío con arrogancia ante la idea. Al fin y al cabo... ¿Qué tengo que temer?
Soy el mayor héroe que jamás he conocido.
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