Me siento frente a la mesa. Es una superficie redonda, limpia
y perfectamente pulida. Por primera vez, me percato de lo bello que es el
brillo del cristal que la recubre. ¿Siempre había sido así de bonita esta
simple mesa? Seguramente sí, pero las demás ocasiones eran mis ojos los que no
estaban predispuestos a ver la belleza de las cosas mundanas. Ahora tengo la
tranquilidad necesaria para poder admirar estas cosas.
Ah, pero estoy divagando. A lo que iba, la mesa.
La mesa, vacía de trastos y utensilios es perfecta para lo
que deseo hacer.
Coloco en ella la caja de cartón que tengo en mis manos,
cuyo peso se me antoja reconfortante y cálido.
Destapo la caja, y cuando descubro el contenido me sigue
llegando el mismo olor de siempre.
Olor de dados. De figuritas de plástico. De cartón
troquelado. De cartas. De aventuras y fantasías. De espadas y hechizos.
Silencio, luz limpia, y ese olor.
Ese olor me embriaga e inmediatamente baja mi nivel de
estrés casi a cero. Ese olor es como el pistoletazo de salida de una carrera
hacia mi mundo interior.
Deslizar mis dedos por las figuras y sentir el tacto de una
baraja en mis manos. Juguetear con la suavidad y las aristas de unos simples
dados, que ahora brillan como si fueran las joyas más valiosas de la corona de
un Rey.
Soy incapaz de explicar por qué algo tan banal, tan simple,
tan… “infantil” consigue generar esa paz en mi interior. Solo sé que hace ya
mucho tiempo que me volví adicto a ese bienestar que me produce.
A menudo juego solo. Quizá suene triste, pero es así.
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Igual que cuando era un niño pequeño, leo las reglas, despliego
las piezas y me escapo a un lugar de gestas heroicas y épica legendaria.
Un lugar de valerosos campeones cuyo valor y sentido del
honor son capaces de alejar las sombras de la injusticia, derrotar al mal y
construir un mundo mejor para todos.
A veces, solo en raras y contadas ocasiones, consigo creer
durante un segundo que estoy ahí dentro. Consigo sentir durante un solo
instante que soy uno de esos valientes héroes, y que en mis manos está el poder
de cambiar las cosas.
Tomar una espada, o un libro de hechizos, o un par de
pistolas, y enfrentarme cara a cara con aquellas injusticias que hacen de mi
vida un lugar más ruin.
Quizá por eso soy un friki.
Quizá no es que esté enganchado a un juego, o a unas
figuritas o a unos dados.
Quizá estoy enganchado a ese instante efímero y fugaz en el
que llego a creerme la dulce mentira de que puedo cambiar las cosas, y de que
con honor y bondad puedo construir un lugar mejor.
Y quizá, solo quizá, creerme esa mentira es lo único en este
mundo que consigue que mi cordura no se resquebraje como si fuera una figura de
barro puesta al Sol.
Ah… Quizá… Quizá…
Quizá algún día me sorprenda descubriendo que mi eterna y
dulce mentira resultó ser verdad, y que con honor he sido capaz de mejorar las
cosas a mí alrededor.
Hasta entonces… Bueno, seguiré soñando despierto con las
gestas de audaces magos y valientes paladines.
Hasta entonces… Seguiré siendo un .Friki.

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