Me extraña no haberte dedicado antes una entrada. Casi me
resulta imperdonable no haberte homenajeado hasta ahora en este pequeño rincón
que atesoro.
Al fin y al cabo, eres el primer amor que recuerdo, el más duradero y con diferencia el que más daño ha podido hacerme.
Tú, que te escondías conmigo bajo la cama con una linterna imaginando que encontrábamos tesoros.
Tú, que me abrazabas con paciencia aquellas interminables tardes de verano sentado frente a una libreta Rubio.
Tú, que te acurrucabas junto a mí dentro de la manta mientras jugaba con mi Game Boy.
Tú, mi amada, que suspirabas de emoción al contemplar conmigo la inmensa luna cada noche en Godelleta, cuando todo el mundo dormía.
Tú, que siempre fuiste tan reconfortante como un sol de medio día tras un largo invierno, me mostraste que podías ser celosa cruel e implacable y asi te abandoné durante un tiempo, a ti, que siempre me fuiste fiel.
Y cuando volví a tus brazos me recibiste con una sonrisa en la boca y una daga en la mano.
Tú, mi eterno anhelo, me rodeaste con tus brazos de nuevo y descubrí aterrado que me asfixiaba tu presencia. Tus palabras se convirtieron en amargo veneno que inundaba mis venas y me mataba lentamente. Aunque volví en tu busca, tu presencia era ingrata e insatisfactoria igual que el sexo sin amor.
Me repugnabas sobremanera, pero yo recordaba haber sido feliz a tu lado y por ello seguía buscándote pese al daño que me hacías.
Incapaz de soportar aquella situación, te volví a abandonar una vez más con una pena infinita en el corazón, pensando que lo nuestro nunca volvería a arreglarse. Y así pasó el tiempo. Yo vivía mi ajetreada y absurda vida, convencido de que una relación que me dejaba insatisfecho y triste era mejor que la locura a la que me abocara el dolor que me producía la forma en que me mirabas.
Pero una persona honesta puede mentirse durante un tiempo determinado y llegué a un punto en que tuve que admitir que te echaba de menos.
Anhelaba el cálido silencio de uno de tus abrazos. La ínfima levedad de uno de tus besos.
Añoraba tu infinita comprensión. Tu eterna predisposición a escuchar cada una de mis locuras.
Ansiaba volver a poder cerrar los ojos y sentirte
con más intensidad que teniéndolos abiertos.
Mi amor, mí querida Soledad.
Regresé a tu lado, y me prometí a mi mismo que nunca
volvería a abandonarte. No importa cuántas relaciones tenga, ni cuantas
personas me rodeen. Siempre serás mi eterna compañera.
Mi dulce y tímida Soledad. La única capaz de llevarme a un lugar donde el sonido de una gota de agua retumba como un trueno veraniego. Donde la brisa entre unos labios sonrientes silba con la felicidad de un jilguero. Un lugar donde la oscuridad y el silencio son islas de cordura en medio de un agitado océano de conflictos y tensiones, de gritos y ruido.
Abrázame fuerte mientras escribo estas líneas y no me sueltes, te lo ruego, pues pocas cosas me otorgan la paz que me ofreces cada vez que me abrazas con ternura.
Gracias a ti ya no temo al futuro, pues nada podrá quebrarme si aun disfruto con tu compañía.
La compañía de mi amada Soledad.

Comentarios
Publicar un comentario