Otra noche más de aquel otoño cuyo capricho fue ser lluvioso
sin traer un frío que hiciera juego. Aquel año la estación parecía que llevaba
estampada la frase “quiero y no puedo”, y el remanente calor mezclado con la
humedad de las lluvias podía llegar a ser realmente molesto.
Sin embargo, aquella noche en la que la lluvia arreciaba con
fuerza inmisericorde contra los altos edificios urbanos - que observaban
agradecidos como limpiaba de sus fachadas la grasienta pátina que dejaban los
humos típicos de la urbe – el frío había llegado de manera repentina.
El intermitente sonido de los truenos y los relámpagos que
surcaban el cielo siempre despertaban en las personas ese instinto primordial
de guarecerse cuanto más mejor, y prácticamente todo el barrio se hallaba en su
cama, bien a salvo bajo sus mantas recién sacadas del armario.
Eran las 2 de la madrugada pasadas, y a través del sedante
ruido de la lluvia se adivinaba la quietud de una ciudad dormida.
Todas las ventanas estaban calladas, durmientes.
A oscuras.
Excepto una, por supuesto.
Había una ventana que presentaba una disonancia con aquella
ciudad en letargo. Una ventana abierta al frio de aquella noche tormentosa, en
la cual una figura se hallaba erguida, quieta como una sombra. Desde la calle,
era imposible distinguir si se trataba de un hombre o de una mujer.
¿Qué miraba a través de aquel millar de gotas de agua? ¿Qué
respuestas buscaba en aquel cielo rasgado?
Lentamente, como si temiera ser descubierta, aquella silueta
oscura se llevó algo a la boca.
Chas. Chas. Chas.
Tres chasquidos con sus tres destellos, y una llama final
que iluminó brevemente unos ojos oscuros antes de apagarse y permitir reinar de
nuevo a la omnipresente penumbra, dejando únicamente la candente punta del
cigarro recién encendido como símbolo de rebelión ante su hegemonía.
Roto ya el hechizo de su pétrea quietud, la figura se asomó
un poco más a la rugiente tormenta y exhaló el humo de su primera calada, que
se diluyó rápidamente bajo el diluvio.
Y así, el tiempo pareció detenerse durante un momento.
Durante un solo instante, mientras su mirada se perdía entre
nubes y relámpagos, le fue posible creer que aquella lluvia jamás amainaría.
Que aquél cigarro jamás se consumiría.
Que aquella vida, duraría eternamente. Y esa idea le hizo sonreír con regocijo mientras su mente se perdía en la tormenta.
Cuando terminó de soñar despierto, se percató de que el cigarro se había consumido, y que la tormenta estaba amainando.
Sonrió con sorna, arrojó la colilla a la calle y cerró la ventana a una ciudad en la que habia dejado de llover.
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