Mientras caminaba entre los escombros, se repetía por
enésima vez la lista de cosas que echaba de menos del Viejo Mundo: sus partidas
en el ordenador, las pizzas del Domino’s, las partidas de póker con los
colegas, la leche con Nesquik, el porno en calidad HD….
Suspiró…
Pero lo que más echaba de menos, para su eterna sorpresa,
era la música.
Dios, como echaba de menos la música. Nunca se había
detenido a pensar de qué manera tan positiva afectaba a su psique la música que
se ponía todas las mañanas cuando cogía el coche y se iba a trabajar.
Su añoranza era tal, que a veces, incluso se aventuraba a
silbar o a tararear alguna cancioncilla en plena calle, como si eso no
incrementara exponencialmente sus posibilidades de morir horriblemente. Pero su
voz oxidada o el torpe silbido que salía de sus labios resecos no conseguían
reconfortarle en absoluto.
El Viejo Mundo ya no existía.
No más hospitales; Ni policías, militares, bomberos o
fuerzas del estado. Ya no existía el GPS, Google Maps, el Tom Tom, el Whatsapp
o el Skype. Ya no había producción de nuevas medicinas, ropa, comida envasada
ni nada que tuviera que ver con una vida cómoda.
Y tampoco, por supuesto, música. No había logrado encontrar
un solo mp3 que reprodujera algo. No funcionaban las radios, ni los tocadiscos,
ni absolutamente nada que tuviera algún componente electrónico o cableado.
En esos momentos, hasta se conformaría con encontrar una
caja de música.
Si la encontraba, se prometió que cuando alcanzara un lugar
seguro la escucharía durante horas una y otra vez.
Pero por ahora, su meta principal se centraba en encontrar
comida, agua y un refugio, que era mucho más de lo que había logrado en los
últimos 3 días.
Estaba saqueando una zona inexplorada, y eso significaba que
absolutamente todo representaba un peligro en aquel momento. Cada grieta en el
suelo, cada sombra tras las esquinas, cada aullido del viento podía representar
una muerte a corto, medio, y largo plazo. Y esa idea le ponía a uno muy alerta.
El 80% de la ciudad se encontraba en ruinas, y el 20%
restante amenazaba con venirse abajo más pronto que tarde, pero mientras
quedara un edificio en pie, valía la pena saquear hasta el último rincón.
Al fin y al cabo, cuando uno está viviendo en primera
persona el mismísimo “Apocalipsis”, tiene que intentar currárselo al máximo.
El “Apocalipsis”, así lo llamaba él, y no había nadie que le
llevara la contraria, por lo que ese era el nombre con el que se había quedado
aquella serie de sucesos que habían terminado por aniquilar a la raza humana,
entre otras, del planeta Tierra.
El mundo había alcanzado el Fin de los Tiempos largamente
vaticinado, y ninguna película, libro, serie o videojuego había preparado a
nadie para aquellos eventos.
El 23 de Marzo del 2024, llegó a la Tierra el primero de una
larga serie de Pulsos Electromagnéticos provenientes del Sol. El calendario
Maya los había predicho para 2012, pero tras 12 años sin señales de un final
inminente, todo el mundo se había relajado.
Entonces llegó la primera fase del Apocalipsis: la muerte
del hombre a manos de Dios.
Aunque se pudo observar como aquel primer PEM se acercaba a
la tierra, fue terriblemente veloz, y tan potente que aniquiló prácticamente el
98% de todas las redes de telecomunicaciones del planeta y nadie pudo hacer
nada por evitar aquella destrucción.
De la noche a la mañana, ni el mismísimo presidente de los
Estados Unidos habría sido capaz de usar el teléfono para llamar a su mujer, o
de encender la televisión para enterarse de que había pasado.
Todos los PEM posteriores terminaron de freír cualquier cosa
que hubiera sobrevivido a la fuerza del primero. Circuitos eléctricos de los vehículos,
teléfonos, ordenadores, neveras, satélites, microondas… Todo a la mierda.
De todo aquello la humanidad casi seguro podría haberse
recuperado, pero entonces una a una, todas las plantas nucleares del planeta
comenzaron a fallar debido a aquellos PEM, que por muchas personas fueron
considerados la forma en la que las fuerzas Divinas nos castigaban, al fin, por
todos nuestros pecados. Centenares de Chernóbil y Fukushima a lo largo y ancho
del planeta, que desde entonces quedó anegado en gran parte por miasma
radiactivo y en el que solo algunas pocas zonas se libraron de aquella nube
venenosa.
Muchas personas murieron de manera instantánea.
Otras tantas murieron en cuestión de horas o días.
Pero hubo muchísimas que tardaron meses en morir a causa de
la radiación, y ya nada les quedaba por perder en aquel mundo mutante y medio
muerto.
Así pues, comenzó la segunda fases del Apocalipsis: la
muerte del hombre a manos del hombre.
Una oleada interminable de pillaje, asesinatos y violaciones
se dio lugar en los meses posteriores a los PEM. Millones de personas
condenadas a una muerte carcinógena por la radiación decidieron no marcharse de
este mundo sin dar rienda suelta a sus más bajos instintos sabiendo que no vivirían lo
suficiente como para sufrir las represalias por sus actos.
A medida que aquella locura homicida consumía el mundo, hizo
que el censo mundial se redujera y los
crímenes fueron descendiendo por una sencilla razón: Cada vez era más difícil
encontrar a otras personas.
Con el paso de los meses comenzaron a crearse pequeños
grupos de supervivientes aislados, desperdigados por aquí y por allá en las
zonas limpias de radiación. Estas pequeñas comunidades mantenían el contacto
mínimo con el resto del mundo, pues los anteriores meses de brutal violencia
que vivió el mundo entero despertaron en todos ellos una paranoia extrema y
generalizada, y ya nadie se arriesgaba a confiar en un extraño.
Si te hallabas en algún lugar apartado y no hacías ruido,
quizá tuvieras la posibilidad de no ser encontrado por las bandas de
saqueadores que viajaban por las ruinas del Nuevo Mundo, que siempre buscaban
armas, alimento… y personas.
Así, se alcanzó durante un tiempo un estado de relativa
tranquilidad en constante vigilia.
Y fue entonces, cuando comenzó la tercera y última fase del
Apocalipsis: la muerte del hombre a manos del muerto.
Nadie sabe por qué. ¿Fue la radiación? ¿Fueron los PEM? ¿Fue
que realmente el Infierno había colapsado con tanta muerte y ya no cabía nadie
más en él? Nadie lo sabe. Y ya no existía ninguna manera de averiguarlo,
tratarlo o revertirlo.
Centenares de millones de cadáveres habían quedado a la
intemperie, porque no había nadie que les diera sepultura, y los niveles de
radiación eran tan elevados que no existía microorganismo capaz de sobrevivir y
descomponer los cuerpos. Por lo cual, ahí habían permanecido: mutados, deformes
y en una descomposición que nunca tendría fin.
Hasta que llegó el día en que volvieron a levantarse de
manera repentina y casi coordinada. Así comenzó una última y devastadora criba
para la humanidad, porque los muertos demostraron ser implacables, incansables,
e infinitos.
Y sin embargo aquello no era su mayor punto fuerte.
Normalmente, aquellas criaturas aberrantes eran lentas,
torpes e idiotas, y quedarse quieto y callado en un lugar cerrado bastaba para
que fueran incapaces de encontrarte. Normalmente, era fácil esquivarlos, huir
de ellos e incluso matarlos.
Normalmente.
Pero a veces, la Tierra seguía recibiendo Pulsos Electromagnéticos
del Sol, puesto que su actividad no había cesado desde el primer PEM. Y era
entonces cuando los muertos mostraban su verdadero rostro.
Era entonces, cuando formaban las Hordas.
Cuando un PEM atravesaba la Tierra, cada muerto que sentía su
influencia enloquecía de manera súbita y brutal. Los movimientos torpes y
descoordinados de siempre daban paso a una agilidad, velocidad y pericia sobrehumanas.
Durante unas horas los muertos corrían con la velocidad de una jauría de lobos
hambrientos; sabían saltar de finca en finca; aprendían a trepar por paredes,
cornisas y salientes; a saltar coches y setos.
Durante unas horas, todos y cada uno de sus sentidos se
especializaban en cazarte.
Te veían en la distancia y la oscuridad de la noche.
Te olían a través de las paredes.
Te escuchaban temblar en tu escondrijo.
Durante unas horas, ellos te sentían en todo momento y te cazaban
sin descanso.
Los seres humanos se convertían en esos momentos en presas
asustadas, impotentes y congeladas por el terror, cuya única esperanza era
encerrarse en casa después de reforzar al máximo posible puertas y ventanas,
colocar barricadas y trampas que los entretuvieran o los atraparan… Y rezar.
Rezar porque aquellos torpes obstáculos resistieran una hora, un minuto, un
segundo más, pues un solo resquicio en las defensas bastaba para que una oleada
de aquellos depredadores entrara en masa con una desquiciada sed de sangre, y
no dejara de ti ni siquiera un cadáver que volviera a levantarse.
Cuando los efectos se desvanecían, los muertos simplemente
entraban de nuevo en aquel letargo estúpido, y volvían a vagar sin rumbo fijo,
olvidándose de lo que estaban buscando segundos antes.
…
Habían pasado dos meses y medio desde el último PEM. Aquel
había sido el periodo más largo sin que se formara una Horda, y eso le había
permitido cubrir una gran distancia con relativa seguridad.
En ese tiempo, había podido saquear casi sin peligro una
pequeña farmacia, una tienda de armas prácticamente vacía, varios supermercados
y un Decathlon en ruinas.
Su mochila de montañero iba cargada con un saco de dormir,
una buena cantidad de analgésicos y antibióticos, una botella de betadine,
decenas de barras energéticas aplastadas pero aún comestibles, 3 mecheros
Zippo, un filtrador de agua portátil al que le debía la vida, dos botellas de
agua, una navaja multiusos, una caja con clavos, unas zapatillas de repuesto y
dos cajas de balas de 9 mm que iban en consonancia con la Walther P99 Compact
que llevaba en la pistolera de su pierna derecha. Además de eso, en la parte
exterior de la mochila llevaba colgados un martillo de orejas y un machete.
Llevaba días caminando con la intención de encontrar un
lugar donde dónde atrincherarse fuertemente y poder descansar, puesto que
aunque los dos meses de tranquilidad le habían permitido moverse con cierta
libertad, también significaba que el próximo PEM tenía que estar a punto de
llegar.
Y si aquello sucedía sin un refugio bien defendido… Solo de
pensarlo sintió como el ácido del estómago le subía por la garganta.
Una vez más, volvió a pensar que todo aquello sería más
fácil si no estuviera solo.
Sobrevivir tendría más sentido si hubiera alguien con quien
poder hablar o planear rutas y movimientos, o que le cogiera la mano en mitad
de la oscuridad mientras una Horda gruñía y gritaba salvajemente tras los muros
del refugio.
No entendía como seguía cuerdo después de todo aquel tiempo
de peligro y soledad.
Quizá… Quizá se había vuelto loco y no se daba cuenta.
Esa era una posibilidad, porque a veces se sorprendía a si
mismo discutiendo sus propios planes en voz alta desempeñando dos
personalidades diferentes y llegando incluso a insultarse a sí mismo. Pero es
que echaba tanto de menos escuchar la voz de alguien…
Por lo que a él respectaba, perfectamente podría ser la
última persona de la Tierra, y si no fuera porque ya había determinado varias
veces que no tenia pelotas para pegarse un tiro, la pesada certeza de aquella
suposición seguramente le habría hecho suicidarse hacia meses.
Pero no era una opción para él, aún no.
Por lo tanto, su camino solo tenía dos finales posibles:
Encontrar un grupo de personas, que podrían acogerle o matarlo, o morir con
total certeza a manos de los muertos. Mientras pudiera evitar la segunda
opción, prefería arriesgarse con la primera.
Pero había pasado ya tanto tiempo, que lo cierto es que su
esperanza era solamente un eco sordo apenas audible. Cada día que pasaba, una
voz cobraba fuerza en el interior de su cabeza susurrándole palabras de
desaliento, de soledad sin fin, de miedo eterno y de una muerte atroz. Y la
idea del cañón de la pistola en la sien era cada vez más dulce en comparación
con aquellos vaticinios funestos que lo atormentaban con frecuencia.
Mientras caminaba entre las ruinas, observó que había una
finca semiderruida cuyo primer piso parecía no haberse venido abajo. Sus
ventanas exteriores estaban enteras y cerradas, y no parecían haber sido
forzadas. No quería hacerse ilusiones, pero aquella casa quizá aún contuviera
algo de valor y con suerte, hasta podría ser usada como refugio.
Con la mayor premura que le permitía andar en sigilo se
encaminó a aquella casa, y con la pericia de un gato comenzó a trepar por una
farola cercana a su balcón, para alcanzarlo de un salto inmediatamente después.
Su actuación fue rápida, precisa y silenciosa, incluso llevando aquella mochila
repleta a las espaldas. Sonrío con cierta sorna. Se había vuelto un
superviviente nato, de aquello no cabía duda alguna.
Al menos no cupo duda hasta la que ventana que había dejado
a su espalda explotó en un millón de esquirlas afiladas cuyos pinchazos sintió
en la nuca y los antebrazos, justo antes de ser consciente de que un muerto se
había abalanzado sobre él desde el interior de la casa, a través de aquella
ventana que le estaba perforando la piel.
Antes de poder procesar el dolor de los cortes, sintió como
el cuerpo frío y gelatinoso de aquel hombre putrefacto se le echaba encima y
creyó escuchar unos dientes que entrechocaban salvajemente al no conseguir
morder nada más que aire.
Su primera preocupación fue alejarse de aquella boca carente
de labios, cuyos dientes podridos seguían tratando de atrapar carne viva entre
ellos. Pero cuando dio un paso atrás, aquel muerto trastabilló y se le cayó
encima.
Sus brazos y piernas estaban entumecidos y cansados de tanto
andar y trepar, y sintió pánico cuando descubrió que era incapaz de
sobreponerse al peso de aquel cadáver andante. Observó impotente como perdía el
equilibro mientras solo podía ocuparse de mantener alejada aquella boca
putrefacta. Y en aquel forcejeo, vivo y muerto cayeron como un árbol recién
talado contra la maltrecha barandilla
del balcón, que chirrió con agonía mientras cedía ante su peso.
No pudo hacer nada más que asistir a cámara lenta como todo
el mundo se ponía del revés mientras su cuerpo se precipitaba al vacío, aun
luchando contra aquel monstruo calvo y deforme que seguía ajeno a todo lo que
no fuera tratar de devorar su carne.
La fortuna quiso que no muriera con aquel impacto que
recibió con la espalda cubierta por la mochila, pero sintió un dolor agudo en
la rodilla izquierda y en la muñeca derecha, y durante unos segundos perdió la
vista y la noción de la realidad cuando su cabeza golpeó contra el suelo.
Con la adrenalina recorriéndole las venas, se puso en pie
como pudo, y aún sin ver, su mano buscó la pistola guardada en su pierna y
desenfundó mientras se alejaba de donde creía que estaría el muerto.
Tras varios parpadeos, logró enfocar a duras penas de nuevo
la vista, y pudo distinguir como el muerto se había roto las dos piernas por
varias partes y se movía por el suelo arrastrando los brazos, mientras sus
piernas se retorcían en ángulos grotescos.
Con las manos temblando por el pánico y la agonía del golpe,
quitó el seguro del arma, y se vio obligado a apuntar con su izquierda, pues con
la derecha se sentía incapaz de sostener la Walther.
Apuntó con sumo cuidado a la cabeza de aquel monstruo que se
arrastraba con una velocidad sorprendente, disparó y vio como el tiro perforaba
el cráneo de la criatura, silenciándolo para siempre.
Solo podía escuchar sus propios jadeos, y el pitido intenso
que había provocado en sus oídos la explosión del arma. Estaba terriblemente
dolorido y cansado, y con el muerto realmente muerto, la adrenalina comenzaba a
desaparecer rápidamente de su organismo. Los impactos de la caída comenzaban a
doler de manera casi insoportable. Tenía que moverse y alejarse de aquel lugar
antes de que fuera incapaz de andar, porque el disparo atraería a un montón de
aquellos cabrones.
Pero al primer paso la pierna izquierda le falló, y se
desplomó de nuevo contra el suelo.
El cansancio era terrible. Su boca estaba seca y todo le
daba vueltas. En la distancia, empezó a divisar al menos una decena de pies,
que se acercaban lentamente.
Ya no se sentía capaz de moverse, ni si quiera de levantar
el peso de la mochila, ni decir del peso de su propio cuerpo.
Estaba tan cansado…
Los pies se acercaban.
Volvió a tratar de levantarse, y solo consiguió nublar aun más
su vista, y recibir otra intensa descarga de dolor en su muñeca.
No podía huir, ni pelear. La pistola se le había escapado de
la mano al caerse, y parecía estar a un mundo de distancia.
Estaban a escasos metros. Ya podía escuchar sus jadeos y sus
lamentos.
Casi… Casi estaba agradecido de que todo terminara al fin.
En breves instantes, dejaría de sentirse tan terriblemente solo. Toda aquella
pesadilla terminaría al fin.
Prácticamente los tenía encima, eran seis. Dos mujeres, tres
hombres, y uno tan deforme que no habría sabido decir a que genero había
pertenecido.
Cuando estuvieron tan cerca que fue capaz de percibir su
hedor, supo que había llegado su fin, y sintió tanto miedo que comenzaron a
zumbarle los oídos.
Espera…
No eran sus oídos los que zumbaban, ¿no? Parecía venir de la
lejanía. Incluso dio la sensación de que los muertos giraban sus cabezas
buscando la fuente.
Si, sin duda, era un zumbido que se hacía cada vez más
fuerte.
De hecho, comenzaba a incrementarse de tal manera que
incluso los muertos perdieron el interés en aquella presa que se hallaba en el
suelo e indefensa, lista para ser degustada.
El zumbido ganó potencia, y todos ellos se giraron en la
dirección de la que provenía.
Casi parecía… Joder, parecía un motor. Un motor grande. ¿Estaba alucinando por el golpe?
No podía ser, ellos también lo escuchaban, no estaba solo en
su cabeza.
El zumbido se acercaba velozmente, y su potencia comenzaba a
ser ensordecedora, hasta el punto de que los muertos comenzaron a alejarse de
él de manera unísona, en busca de aquel sonido ensordecedor.
Y allí, tumbado bocarriba, en el momento de mayor estruendo
vio como una avioneta cruzaba el cielo justo por encima de él, en dirección a
las montañas.
Una avioneta.
Eso… Lo cambiaba todo. Lo cambiaba absolutamente todo.
A medida que la avioneta se alejaba y su zumbido de su motor
se apagaba en la distancia, los muertos dejaron de perseguirla, y volvieron a
centrarse en aquel tierno bocado tirado en el suelo.
Alargó la mano todo cuanto pudo, y cada una de sus
articulaciones protestó con vehemencia, pero no les hizo caso y con un último
esfuerzo, sintió el reconfortante tacto gomoso del mango de su arma.
Volvía a tenerlos encima otra vez.
Pero aquella avioneta lo cambiaba todo.
Un gruñido lobuno salió de su garganta sin poder contenerlo
cuando se levantó prácticamente de un salto y miró a sus predadores. Casi como
un animal salvaje, les gruñó gravemente mientras levantaba el arma a la altura
de sus ojos con una mano que le gritaba de dolor. Pero tampoco le hizo caso.
Dos pasos más y podrían atraparlo alargando sus brazos
abultados
Seis disparos, seis cuerpos que cayeron al suelo con
agujeros humeantes en sus frentes. Seis monstruos menos en aquella pesadilla.
Se dio la vuelta y, cojeando, comenzó a andar en dirección a
las montañas.
Aquello lo cambiaba todo.

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