.Qué sabré yo.


Qué sabré yo, me pregunto siempre.

Qué sabré yo, de leer las almas de las personas a través de su mirada.
Qué sabré yo, de interpretar la lengua que hablan dos pieles que se rozan.
Qué sabré, me pregunto, de comprender el sutil idioma de un corazón que se acelera.

Qué voy a saber, pues, en este mundo ininteligible, en el que la inspiración que ofrecen las musas se paga generalmente con un cáliz de lágrimas.
Un mundo fragmentado como un espejo roto en el que se hace del sufrimiento, una bandera; del aislamiento, un triunfo; del honor, una utopía; y del amor, una camisa de fuerza.

Un mundo en el que, paradójicamente, a menudo se observa más con las manos, que con los ojos.
Que con frecuencia, se dice más con los ojos, que con la boca.
Y que casi siempre, se hiere más con la boca, que con las manos.

Qué voy a saber yo.

Qué sabré yo, de las intenciones que se ocultan tras una sonrisa.
Que sabré yo, de los silencios que gritan verdades mientras las palabras solo dibujan mentiras.
Que sabré, me pregunto, del anhelo por un cálido y largo abrazo en una mañana invernal.

Qué sabré yo, me pregunto con insistencia.

Quizá más de lo que puedas imaginarte. Quizá menos de lo que quisiera admitir.

Quizá sigo siendo capaz de asomarme al rugiente océano de vuestras pupilas para bucear entre vuestros miedos y deseos. O quizá solo veo en vuestros ojos el reflejo de mis propios temores y anhelos.

O quizá sea una mezcla de todo.

Pero claro...

Qué sabré yo, me pregunto siempre.

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