Cuando me siento roto, como estos días, mi mayor refugio es
mi imaginación. Escapar a lugares escondidos en mi mente, donde al dolor le cueste encontrarme.
En días como hoy, donde la fiebre amenaza con obligarme a
delirar con los fantasmas del pasado, imagino un lugar lejano. Tan lejano que
podrías tardar en llegar lo que se tarda en exhalar un suspiro que contiene
añoranza. Eso significa que quizá… No llegues jamás.
En mi mente veo una colina infinita por la que surcan olas interminables
de una brisa fresca que aligera las cargas del alma, y disipa los dolores del
cuerpo.
Se trata de un remanso de paz, donde todo vibra en harmonía.
Donde el sol no quema la piel ni duele en los ojos.
Donde el frío nocturno no cala en los huesos ni te obliga a
temblar.
Donde la oscuridad significa descanso y regeneración, y no
temor y desconocimiento.
Por llegar a ese lugar, regalaría todo cuanto poseo e iniciaría
mañana un peregrinaje a pie, yo solo y sin provisiones.
Esa eterna colina de mis sueños está moteada de humildes
casitas desperdigadas por doquier. Lo suficientemente alejadas entre ellas como
para no invadir el espacio del vecino, pero lo suficientemente cerca como para
tener compañía en caso de buscarla.
Incluso yo tengo aquí un pequeño hogar, que, igual que las
habitaciones de mi Palacio, cuenta con una chimenea cuya perenne combustión
inunda la casa de tranquilidad y quietud.
Durante el día apenas se nota el calor del fuego, pero
durante las noches es un baluarte de calidez que te invita a acurrucarte y
dormir sin preocupación alguna. Una llama fluctuante y serena cuya presencia te
otorga la certeza de que aquí no existe el dolor, ni el miedo, ni la
enfermedad.
Y eso es lo que me gusta imaginar.
Allí, en aquella lejana colina bendecida por la luz una
miríada de estrellas, me veo a mi mismo acurrucado junto al fuego dormitando
plácidamente con la certeza de que al día siguiente, todo estará bien.
Quizá algún día… Algún día los dioses crueles me sonrían, y después
de todas mis idas y venidas; Después de tantas batallas, victorias y fracasos…
Quizá… Algún día mis pasos me lleven a un lugar así.
Mientras tanto, abro los ojos aquí y ahora, y recuerdo que
la batalla continúa en su máximo exponente. Miro en derredor y solo veo un
fuego devastador y hambriento que se introduce por mis ojos, haciéndome sentir
que están a punto de hervir. La piel me arde y las articulaciones aúllan con
cada paso.
Habrá tiempo para descansar los pies tras el largo viaje.
Pero por ahora solo tengo un camino.
El mismo camino de siempre.
Desenvaino a Honor de la funda que la sostiene en mi
espalda, retomo el aliento y me adentro espada en mano entre las rugientes
llamas que amenazan con consumir mi cuerpo y mi mente.
Otra batalla más por librar.
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