Giro la llave y el motor detiene su rugido dejando tras ello
una extraña quietud. El coche queda
sumido en un silencio extraño. Me incomoda, aunque no sé muy bien por qué.
Recojo mis cosas y bajo del vehículo.
El aire húmedo y frío de Valencia se abre paso a través del
abrigo y los guantes sin miramientos, buscando morderme hasta los mismos huesos.
Abro y cierro las manos varias veces, pues tiempo hace que mis nudillos se
quejan cuando llega este tiempo. Joder, me hago mayor, supongo.
Cierro el coche y me apoyo un momento en el capó, inquieto.
Me arrebujo en mi abrigo y trato de buscar la fuente de mi desasosiego.
Algo es diferente. Algo no encaja.
Es el aire, su olor. Sopla una suave brisa helada que parece
portar consigo los susurros de la misma Madre Tierra. Palabras ininteligibles,
efímeras e inalcanzables. Tengo la certeza de que el viento siempre transporta
ecos de una voz que habla de lo que fue, de lo que es, y de lo que será.
Cierro los ojos, olisqueando el ambiente como el lobo que a
veces siento que vive en mi interior, e inmediatamente se me erizan los pelos
de la nuca.
Cambio. El aire huele a cambio.
¿Cómo explicarlo?
Este olor no se siente en la nariz. Se percibe en el
estómago.
Un olor que provoca la misma sensación de vértigo que
acercarte al borde de un precipicio. ¿Alguna vez lo has sentido?
Mirar al vacío y sentir que aunque estás firmemente plantado
sobre tus pies, el vacío tira de ti buscando que te adentres en él, sabiendo
que el momento que tus pies no toquen el suelo, la caída es inevitable.
Ese mismo vértigo me provoca el olor que me traen los
vientos.
La ineludible sensación de inevitabilidad. La sensación de
que pronto, muy pronto, las cosas cambiarán de nuevo. La rueda del destino gira
una vez más totalmente ajena a mis deseos y caprichos, sumiéndome de nuevo en
una vorágine de renovación y evolución.
Abro de nuevo los ojos y recapacito mientras observo como el
Sol se esconde tras las montañas.
Se acerca el fin de una época.
Y bien saben los crueles Dioses que ya no creo en los
finales felices.
Pero, ey, no se me asusten.
No perdí mi fe, solo la enfoqué
en algo más práctico. Ya no creo en los finales felices porque pasé a creer en
mí y en la inextinguible fuerza de este .Corazón Roto. que aún late con fuerza
en mi pecho.
Aún creo que todo lo bueno que ha ocurrido no es nada
comparado con todo lo bueno que está por llegar.
Aún creo en el poder de una sonrisa y en la fuerza
constructiva del optimismo.
Y sobre todo, aún creo en la Suerte de los Héroes.
Y joder, aunque esté algo mellada, Honor sigue envainada en mi espalda y yo aún sigo siendo el mayor
Héroe que he conocido.
Así que, vamos –le susurro a los vientos gélidos – estoy
preparado para el cambio.
Comentarios
Publicar un comentario