Estoy en mi cuarto, como siempre.
Una vez más, el silencio
de la noche y la luz de la pantalla son la única compañía que
tengo.
Esta quietud nocturna es lo más parecido a la paz que puedo
obtener desde hace tiempo.
Llevo meses sin volver. Meses descuidando mi amado Palacio. Y soy
consciente de que sin el mantenimiento adecuado, esta estructura
vinculada a mi alma se desmorona, se desmonta con la fragilidad de un
castillo de naipes frente a un huracán.
Y a pesar de ello llevo tiempo evitando regresar a ese universo
que vive en mi interior, pues un temor creciente aúlla con
desgarradora inquietud cuando me planteo asomarme de nuevo.
No me atrevo a ver el estado en que se encuentra.
No me atrevo a ver hasta que punto he permitido que se destruya la
mayor obra de mi vida.
Pero siempre digo que una persona honesta se puede mentir a si
misma hasta cierto punto. Y ya no soy capaz de mirar a otro lado. Mi
Palacio se está derruyendo, y mi alma se consume con él. Empieza a
ser dolorosamente tangible que el inevitable colapso de mi interior
está afectando a esta carcasa mortal que me envuelve.
Asi pues, aquí, en la oscuridad que me ampara, cierro mis ojos y
luchando contra el temor me transporto una vez mas a mi Palacio de
las Inquietudes.
Trato de pausar mi respiración, buscando acercarme lo más que
pueda a algo que se parezca a la serenidad.
Cuando abro los ojos me encuentro allí después de tanto tiempo.
Y lo que ven mis ojos me desgarra sin medida.
Mi Palacio en ruinas. Escombros de sueños rotos y llamas de
inextinguible rabia desperdigados por doquier.
La estructura gime y chirría con tristeza y dolor. Sufre. Sufre
sin medida. Sabe que estoy ahí, y me suplica piedad. Me pide que lo
sane, que lo reconstruya de nuevo.
Lo que antaño fue una colosal estructura de acero y piedra, ahora
no es más que unos pocos muros desvencijados rodeados de lamentos y
temores. De angustia y fracaso. De vergüenza y desesperanza.
Todo el lugar está bañado por una pátina roja y brillante, pues
por encima de toda esta calamidad, rugiendo con fiereza, una terrible
tormenta desata su furia contra todo lo que encuentra. Nubes negras
cubren el infinito firmamento, y en su interior restallan relámpagos
rojos que desgarran los limites de mi cordura.
De esas nubes está diluviando sangre.
Cada relámpago carmesí precede a un trueno que retumba y reverbera con la fuerza de un titán enfurecido. Incluso aquí, tan lejos de la realidad, siento el dolor que acuchilla las entrañas de mi carcasa física. El tormento del dolor casi logra romper el vinculo que me mantiene en este lugar, pero logro aguantar por el momento.
Esta tormenta procede de mi cuerpo, pero ha logrado lacerar mi alma y mi mente.
Esta tormenta de sangre y dolor es una vorágine que me mira con sadismo y amenaza con arrasar con todo cuanto construí, devorando sin miramientos mi alma, mi cuerpo y mi cordura.
Mi Palacio continua con su lamento hondo y profundo, con una tristeza infinita y una vulnerabilidad interminable. Me suplica que le salve de tan injusta tortura.
Y yo, derrotado y sin fuerzas, le suplico perdón a través de la rugiente tormenta. Le suplico perdón porque sé que le he fallado, y me he fallado a mi mismo. En ese momento el vinculo termina por romperse y de un golpe vuelvo a este plano. La pantalla sigue brillando y la noche permanece igual del silenciosa.
Vuelvo a pedir perdón con lágrimas en los ojos.
No se cómo solucionar esto. No soy tan fuerte.
No se cómo detener la Tempestad.

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