.El osito de la bruja.

Hace mucho tiempo, en un lugar remoto, vivía una bruja en un bosque cercano a un pueblecito. Los niños y niñas del pueblo jugaban a ver quien era el más osado acercándose a la cabaña de la misteriosa mujer.
La bruja, lejos de los clichés, era alta y esbelta. De brillante pelo azabache y profundos ojos turmalina. Una tristeza melancólica, sin embargo, marcaba las finas líneas de expresión que surcaban su rostro. Provocaba en adultos e infantes un profundo respeto y, en las noches junto a la hoguera de las historias, algo de miedo.

Pese a sus poderes y conocimientos, la gente del pueblo sabía que era bondadosa y compasiva con aquellos que no la molestaban, y muchas veces había ayudado a los lugareños con sus extrañas artes.
Aquellos que osaban importunarle, sin embargo, recibían un trato bien distinto.
Los niños jugaban y correteaban por los lindes de la cabaña, haciendo todo el ruido que puede hacer un grupo de zagales tratando de ser silenciosos.

Cuchicheos, risas y algún gritito.

La bruja los observaba con curiosidad desde lo alto de las ramas de los árboles, convertida en jilguero. Se preguntaba quién de ellos sería tan audaz como para llegar a su cabaña. Se preguntaba cual de esos niños se enfrentaría a su prueba, y cómo la afrontaría.

Uno de los niños acabó llegando hasta el alféizar de una de las ventanas de la cabaña, mientras el resto ahogaban gritos y advertencias, ocultos entre la maleza.

El niño audaz. La mezcla explosiva entre valentía e inconsciencia. La bruja sonrió desde las ramas. "Vamos, niño audaz ¿serás capaz de aprender algo de lo que está por llegar?"

Bajo el alféizar de la ventana se encontraba el codiciado premio del niño.

Apoyado grácilmente sobre una sillita de mimbre se encontraba un hermoso osito de peluche. La manufactura era puro espectáculo. Las hebras del tejido brillaban bajo la tenue luz de un sol que se escondía tras las montañas. Las gemas color café que actuaban como ojos del osito parecían tener vida y alma, y miraban el mundo con alegría y curiosidad infinitas.
El osito sonreía, con las patitas extendidas, como si estuviera deseando abrazar cálidamente al niño.
Era tan bonito que el niño lo amó desde el primer vistazo. Se imaginó jugando con aquel osito, viviendo aventuras con su fiel compañero brillante, durmiendo a salvo en su cama mientras aquellos ojos de café le observaban con amor y guardaban sus sueños.
Sin dudarlo, el niño tomó el osito de la silla de mimbre y lo estrechó entre sus brazos. El osito parecía tremendamente feliz de ser abrazado por aquel niño, y no ofreció resistencia alguna.

Debajo del osito apareció una nota manuscrita:

"¡Devuélveme a mi silla cuando hayas crecido y ya no quieras jugar conmigo, por favor!"

El niño leyó la nota incrédulo. ¡Jamás querría dejar aquel osito! ¡Jugaría con él para siempre! ¡Incluso cuando fuera mayor y estuviera casado jugaría con aquel osito!

De pronto, un jilguero se posó sobre el alfeizar de la ventana y comenzó a trinar con intensidad mientras picoteaba la ventana de cristal.

¡Aquello sin duda alertaría a la bruja!

Todos los niños pusieron pies en polvorosa, esta vez con un camarada de peluche en el grupo.
La aventura concluyó sin percances, y a la bruja no pareció importarle haber perdido aquel osito.
Quizá ella ya no quisiera jugar con él.

El niño se sintió tremendamente feliz aquella noche, cuando estrechó al maravilloso osito entre sus brazos antes de dormir. ¡Era blandito y suave! ¡Incluso olía a pastel de mora y canela! Casi parecía estar calentito en aquella fría noche de invierno.
El niño se durmió con una sonrisa inmensa en sus labios.

Sin embargo...

Sus sueños no fueron apacibles. Soñó con cosas que le provocaron miedo. Se sintió solo en sus sueños. Llamó a sus papás, y al osito. Pero nadie apareció en aquellas pesadillas llenas de angustia y soledad.
Despertó agitado y asustado, con una tristeza enorme en el pecho y una sensación terrible que le provocaba ganas de llorar.

Pero era un niño audaz y de corazón fiero. La luz de la mañana despejó su mente y comprendió que solo había sido eso, un mal sueño.
El osito aún estaba allí, mirándole con alegría y deseándole los buenos días. Y sus papás desayunaron con él, y todo volvió a la normalidad.
El recuerdo de las pesadillas y el malestar se esfumaron rápidamente cuando volvió a reunirse con sus amigos y su flamante osito mágico.

Pero a la noche siguiente, las pesadillas volvieron a visitarlo.
Y la siguiente. Y la que siguió a esa.
Y así pasaron los días. Y las semanas.

Noches plagadas de angustia y miedo, y días que cada vez se le hacían más cortos. Pues cada noche se acrecentaba el temor a cerrar los ojos para dormir. Solo encontraba consuelo en seguir abrazado a aquel osito maravilloso salido de las fábulas más geniales.

Pero llegó el momento en que dejó de dormir, y comenzó a enfermar.

El niño audaz se volvió frágil. Perdió peso y su brillante sonrisa se apagó como un candil que gasta las últimas gotas de aceite.
Los padres, preocupados acudieron a la bruja, suplicando ayuda para su hijo.
La bruja accedió a ayudarle, pero para ello debía quedarse a solas con él y mantener una conversación privada. Los padres, extrañados pero desesperados, accedieron sin dudar. Dejaron al niño a solas con la bruja, a pesar de sus débiles protestas.

El niño enmudeció ante la presencia de la majestuosa bruja. Temió el castigo que vendría tras robar el osito, si acaso, no lo estaba sufriendo ya.

  • No me cabe duda de que sabes lo que te está causando tus pesadillas. - Dijo la bruja. Su voz era autoritaria, pero destilaba compasión por el niño.
Este asintió con la cabeza, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.
  • El osito - Logró decir entre sollozos.
  • ¿Y por que aún lo conservas?
  • Lo quiero. Es mi osito. Es mi amigo. Lo quiero. - Balbució llorando. - No quiero abandonarlo. No quiero alejarme del osito.
Y rompió a llorar de nuevo.
  • Hay una lección que debes aprender, pequeño niño audaz. Y no es la lección de "no le robes a la bruja". Es una lección sobre la vida. Aprende, niño de corazón fiero. Aprende del dolor y del miedo. Y entonces sanarás.
La bruja acompañó al niño con sus padres, y se disculpó ante ellos. No podía curar a su hijo. Les aseguró que su vida no peligraba, pero que no estaba en su poder la capacidad de devolver la chispa de la vida a aquel niño que se había vuelto gris.

La familia volvió apesadumbrada a su hogar, sin saber cómo poner remedio a aquella situación. Desconocedores de la conversación del niño con la bruja, los padres acostaron a su hijo y le acercaron su bienamado osito. Aquello que aún conseguía hacer sonreír a su pequeño.

El niño se quedó a solas en su cama, con su fiel compañero de ojos café. Realmente quería a su amigo blandito y suave. El osito no era malo, él sabía que el osito no quería hacerle daño.  El niño sabía que el osito también le quería en su corazón hecho de lana y algodón.

Pero aún así, el niño se pasó una noche mas en vela hablando con su osito. Pidiéndole perdón por lo que iba a hacer. Le juró que él no deseaba hacerlo, pero que ahora entendía que debía hacerlo.

Debía abandonar a su fiel compañero. Debía devolverlo a aquella sillita de mimbre.

El osito pareció comprender. Pareció aceptarlo. El osito se alegraba de haber podido vivir con el niño audaz todas aquellas aventuras, y también le pedía perdón por no haber podido evitar hacerle sufrir.
El niño lloró con desconsuelo ante la decisión, y abrazó a su osito una última vez jurandole que le querría a pesar de la distancia y el tiempo.

Cuando despuntó el alba, el osito volvía a estar recostado en su sillita de mimbre, con sus ojos de café mirando al cielo aún estrellado. El osito tampoco olvidaría al niño audaz, que tuvo el valor de acercarse a él, estrecharlo entre sus brazos y quererle con sinceridad.

La bruja observó desde su ventana cómo el niño se alejaba sin mirar atrás, dejando en el suelo un reguero de lágrimas.
Esbozó una media sonrisa cargada a partes iguales de orgullo y de pena.
El niño audaz había aprendido del dolor. El niño, aún con el corazón fiero había aprendido una importante lección de la vida:

"A veces, aferrarse a lo insostenible, duele mucho más que dejarlo marchar"

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