.Un beso antes del alba.

Sería difícil escoger un punto por el cual empezar, pues para mí, cada punto de una historia que converge en un beso goza de su propia importancia. 

 

Pero supongo que podemos saltarnos los paseos por las playas, las cenas improvisadas en las que te pringas las manos con salsa de hamburguesa y los paseos por el cauce del río bajo un cielo nocturno en el que reina la luna llena.


Supongo, al fin y al cabo, que el punto que capta la atención es el momento en que los labios de ambos se juntan con la atracción de dos imanes contrapuestos. El anhelo por la piel de la otra persona en su máximo exponente. 

 

Y ese es el punto que nos interesa ¿me equivoco?


¿Qué podría contar?  Pues como siempre, la verdad. Al menos, la que vive en mi punto de vista.


Ella, cercana y esquiva a partes iguales. Una mezcla explosiva de miradas cómplices y gestos de indiferencia. Amable pero distante. Dulce y dura, sin que ello le suponga siquiera despeinarse. 

 

Maldita sea ella y su encanto ambiguo. Y maldito sea yo por verme hechizado por semejante rompecabezas. 


Aquella noche, cada vez que ella me miraba, sus ojos enormes, vivos y brillantes me hablaban en susurros. Me instaban a lanzarme, a arriesgarme. 

 

Me prometían que el paracaídas se abriría en el momento adecuado si yo me lanzaba al abismo sin dudar. Me aseguraban que podía acercarme a ella. Superar ese escaso medio metro de distancia que nos separaba y con un beso, gritarle sin palabras que todo iría bien. 


Pero sus historias hablaban de sueños truncados y de sentimientos rotos. Sus gestos marcaban una barrera intangible entre ella y yo que amenazaba con quemarme si me acercaba demasiado. 

 

Sus expresiones bramaban cautela, desconfianza y distancia prudencial.


No quiero mentir a estas alturas. Rara vez me equivoco viendo el alma de alguien a través de sus ojos. Pero a veces, bajo cielos estrellados y ante unos labios que anhelas explorar, uno puede llegar a ver espejismos. 

 

Podía estar equivocandome. Podría lanzarme y cagarla. Estropearlo todo. Hacerle sentir incómoda, traicionada, vulnerada. Y saben los dioses que prefiero comerme mis zapatillas antes que hacer eso.


Pero llega un momento para todos nosotros, en el que solo tienes ante ti dos opciones: 

 

Seguir el dictado de tu alma.

O arrepentirte para siempre.


Me parece evidente que clase de persona soy yo.


Honestamente, no recuerdo las frases concretas. No recuerdo siquiera de qué estábamos hablando. Recuerdo que ella dijo algo, y me miró con aquellos ojos inquietos y vivos. 


  • ¿No reaccionas? Esperaba alguna reacción. - Me dijo tras un inquisitivo silencio. Diez mil pensamientos surcaron mi mente. Diez mil deseos. Diez mil miedos.

  • ¿Una reacción? ¿Qué reacción? - pregunté. Había que seguir el juego.


Se encogió de hombros por enésima vez aquella noche. Un gesto perfectamente calculado de indiferencia con el que ocultar sus verdaderos motivos.


  • Cualquier reacción.- Contestó ella, toda misterio y enigma.


Pero la mente vuela. Y en ese momento algo hizo click en mi cabeza. Si aquel no era el momento, ya afrontaría las consecuencias de ser imbécil. 


  • ¿Cualquier reacción? Muy bien. A ver esta. - Y acto seguido me acerqué sin prisa pero sin pausa a su mejilla. Le besé. 


Y ella se congeló. De pronto era una estatua con una sonrisa tensa que bajo ningún concepto dejaba de mirar al frente, como si de pronto la verja frente a nosotros resultara tremendamente interesante. 

 

Tuve la certeza de que podía tirarse así toda la noche si no le ponía remedio.


  • ¿Ahora no reaccionas tú? - Pregunté. Había más temor en mis palabras del que quisiera admitir. 


Otro encogimiento de hombros. Ya van 58 esta noche. Por lo menos.


  • No. - Una respuesta clara y concisa. Vaya, vaya. Intrigante.

  • ¿Y se te doy otro? - dije en voz alta. Mientras, mi mente gritaba “estás jugando con fuego, chaval”.


Otro encogimiento de hombros. 59. ¿Lograré llegar a los 100 antes de que salga el Sol?


Me acerqué de nuevo, otro beso. Más descarado, más cerca de la comisura de sus labios, que seguían en un rictus sonriente. Esta vez no me aparté inmediatamente. Con la mayor delicadeza de que disponía, le giré la cara para que me mirara. Accedió, pero no se acercó ni un milímetro. 

 

Y entonces, bajo la luz de las farolas, con el viento de la madrugada corriendo por el interior del coche, vi por primera vez en sus ojos un atisbo de miedo mezclado con el deseo de que terminara de recorrer los últimos 2 centímetros que separaban nuestros labios. Mi mente gritó despavorida. 


  • No quiero forzarte a esto. - Me escuché decir.

  • Entonces no lo hagas. - Dijo sin moverse ni un ápice.


Era más que suficiente. Me alejé. Me maldije. Me arrepentí. Tan cerca y a la vez tan lejos. Pasaron unos minutos en silencio.


  • Joder, necesito un cigarro. - dije. ¿Lo dije? Estoy seguro de que lo dije. Qué capullo que puedo llegar a ser.


Me atreví a mirarla de nuevo y se señaló las piernas, que se movían y temblaban.


  • Estoy nerviosa. - Dijo. La culpabilidad me cayó encima con el peso de un piano de cola. 


¿Me había equivocado con ella? Me parecía tan claro que ella también quería… que ella también anhelaba… 

 

Pero me había equivocado. La había cagado. 

 

Sé que dije palabras. Estoy casi seguro de que eran palabras con sentido. Y hasta puede que fueran frases ocurrentes y todo. 

 

Pero no las recuerdo. Lo único que recuerdo era la vorágine de confusión que me estaba engullendo con voracidad. A pesar de sus palabras, cada fibra de mi ser me gritaba que aquello no era el final, y que confiara en mi instinto.


Volví a mirarla. El miedo había desaparecido de sus ojos. Volvió a señalarse las piernas, que volvían a ser las de una estatua cincelada en mármol. 


  • Ya no estoy nerviosa. - De nuevo una frase que puedes interpretar de 15 formas distintas. Niña maldita, no me da tregua. Me encanta. Lo detesto. ¿Será verdad que soy imbécil? Probablemente.


Las miradas se cruzaron una vez más, de manera intensa y prolongada mientras aún conversabamos de algo. Busqué con desesperación aquel atisbo de miedo que había brillado en sus ojos minutos atrás. No logré encontrarlo, y algo ardió de nuevo en mi interior. Qué demonios. Solo hay una manera de saber cómo va a terminar esto. 

  • Por favor, no te enfades conmigo por esto. - Recuerdo haber susurrado.

Volví a recorrer aquel medio metro que separaba nuestras bocas esperando que en cualquier momento ella reaccionara para detenerme, para esquivarme. Pero no lo hizo.

 

Nuestros labios se juntaron y sentí con intensa felicidad como ella entreabrió su boca para recibirme. 


Mientras nos besabamos con el anhelo de dos adolescentes, acaricié su mejilla con ternura.


Un gesto que implicaba todo lo bueno que estaba sintiendo en ese momento. El cariño que sentía por ella en ese momento. El agradecimiento de sentirme correspondido. La atracción que ejercía sobre mí cada centímetro de su piel. El deseo de hacerle sentir que con esto, mi última intención era causarle dolor. 


Y así, cuando el alba ya amenazaba con despuntar por el horizonte, besé sus labios por primera vez.


El resto… Es una historia que aún está por contar.



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